Se detuvieron un momento a pensar.
—Por aquí saldremos hacia la tercera calle—dijo Landert.
—Sólo hay dos salidas y nos deben de estar esperando en ambas—dijo Katherine. —Debemos esperar eso y tener algún plan para atacar—Landert sacó su pistola y su cuchillo.
—Sé que están preparadas—Landert recobraba el aliento. —Hacia la salida de la tercera calle hay una pastelería cuyas ventanas comunican hacia la calle. El mundo se acabaría antes de que sus dueños decidan cerrarla por un tiroteo.
—¿También mataron a Coddins?—Preguntó Verónica. Landert y Katherine hicieron silencio. Verónica entendió. Siguieron hacia la pastelería antes de que alguien pudiera volverlos a seguir confiando en que no hubieran tenido el mismo pensamiento que Landert.
Forzaron su entrada a la pastelería amenazando al dueño con abrirle el estómago como a un cerdo si no lo hacía.
—¿Quiénes se creen, malditos bandidos?—Dijo el dueño. Katherine lo tomó por el cuello y le puso su cuchillo en la garganta. Los otros empleados estaban mirando aterrados mientras eran apuntados por Verónica y Landert. —Llévamos hacia el baño, queremos salir de aquí—el dueño profundamente aterrado les informó que a través del baño no podían salir pero podían hacerlo a través de una de las ventanas de la cocina, estarían en la tercera calle. Landert fue el primero en salir asegurándose de que no hubiera peligro. Siguió Katherine. Cuando Verónica se disponía a salir se escuchó una detonación desde dentro del local y el cuerpo de Verónica cayó tendido con un agujero de disparo en el pecho.
—¡Por qué lo hicieron, malditos!—Katherine gritó. Alguien de adentro del local había disparado con un rifle al pecho de Verónica matándola en seguida. Debió ser un empleado. La cara de Katherine estaba convulsionada de odio pero no podía hacer nada. Landert también sentía la profunda impotencia y la adrenalina corriendo otra vez por sus venas. El estruendo del disparo hubo llamado la atención de la banda del desierto, así que cogió a Katherine y salieron corriendo hacia un callejón. Se escuchaban pasos. Dos hombres encapuchados y armados estaban registrando cada espacio y rincón posible del callejón. Hablaban en su propio idioma, no podían saber lo que estaban diciendo. Uno de los hombres buscaba en la izquierda y otro a la derecha. El de la derecha emitió un quejido y cayó al suelo; su compañero hizo ademán de querer ayudarlo pero fue detenido por Landert quien lo cogió por la espalda y lo inmovilizó. Katherine le dio un puñetazo en el estómago que le sacó el aire. Landert puso sus manos en su cuello.
—Tu amigo ya se desangró —dijo Katherine con voz fría y queriendo expresar regocijo en lo que había hecho. —Un corte certero, una hemorragia imposible de controlar incluso teniendo asistencia de cirujanos al momento. —¿Por qué nos han atacado?—El sujeto sólo respondió en su idioma. Landert le partió el cuello. Les quitaron las capas y se las pusieron. Landert aprovechó y la espada de uno de los hombres consigo.
Sondeando el camino de los callejones pudieron llegar hasta la primera calle a apenas metros de los elevadores. Sin embargo, al final del pasillo aguardaban dos hombres de la banda del desierto aguardando. Caminaron hacia ellos con las capas puestas esperando a que desde lejos no pudieran notar sus rostros. La banda del desierto no posee miembros femeninos así que Katherine iba con la cabeza gacha esperando alguna señal de Landert para esconderte detrás del contenedor o detrás de las paredes por si aquellos hombres disparaban sin mediar palabras. Sin embargo, pudieron acercarse sin problemas hasta ellos hasta que a tres metros, uno de ellos comenzó a farfullar algo en su idioma. Se notaba que estaba profundamente enfadado. Landert sacó su cuchillo y se dispuso a atacarlo pero los reflejos del hombre que gritaba le permitieron esquivarlo, el segundo también era muy rápido y atacó a corta distancia con su espada hiriendo a Katherine en el hombro y en la pierna. La sangre goteaba en el suelo, pero ese segundo hombre ahora tenía clavada como una flor en su garganta al cuchillo de Landert quien sacó la espada. El hombre que gritaba atacó rápidamente y con fuerza. Sus movimientos eran fuertes y precisos; lograba hacer fintas a los ataques de Landert y lanzaba arcos de ataques en todas direcciones. El acero de las espadas se besaba y cantaba haciendo estruendoso ecos en el callejón. Landert aprovechaba cada momento para atacar, buscando una apertura en la defensa del hombre que dibujando un nuevo arco pudo cortar entre la capucha y la mejilla derecha de Landert. Tenía demasiada habilidad, debía ser un maestro. El combate se estaba extendiendo demasiado cuando se escuchó un disparo y el hombre se quejó. Landert aprovechó para asesinarlo. Katherine había disparado y estaba empapada en su propia sangre. Landert la llevó sobre su espalda pero tampoco le quedaban demasiadas fuerzas. El camino hacia el elevador fue largo y tortuoso, y cuando este comenzó a subir, recibieron disparos. Landert se echó al suelo junto a Katherine, implorando al elevador que subiera más rápido.