Unas palabras antes de empezar: Bueno, aquí estoy de vuelta. Luego de mi post de presentación. Hoy vengo a compartir en esta comunidad parte de una serie de crónicas urbanas que he titulado: "Relatos de una Vaga Ocupada". A ver qué les parece esta primera historia.
Debo decir que he llegado a la conclusión de que, para alcanzar una meta, hay que tomárselo como si fuese un vicio. Y Usted me dirá ¿y cómo es eso?
Piense. Los vicios son conductas compulsivas que nos dominan y que son muy difíciles de abandonar, aunque queramos. Por ejemplo: fumar, beber alcohol en exceso, el café, comer chocolate, etc. ¿Qué hacemos cuando se nos acaba el paquete de cigarrillos? Lo primero es que lo tenemos todo el tiempo en la cabeza; es decir, el deseo de fumar. Cuando fumamos se calma la ansiedad, pero luego de acabar el cigarrillo, se nos viene el síndrome de abstinencia. Volvemos a fumar otro y vuelve a atraparnos la ansiedad, y así formamos un círculo vicioso, eterno y miserable.
No dejamos de pensar en ello y, mientras vamos a la cocina a preparar el café como auténticos autómatas, estamos maquinando qué hacer para conseguir la bendita dosis de nicotina. Claro, sería muy fácil, vestirnos —digo vestirnos, porque por lo general esto me pasa en las mañanas al levantarme— y salir a comprar la cajetilla de cigarrillos en el quiosquito más cercano. Pero ¿y qué tal si no tenemos ni un duro? Allí la cosa cambia. Nos ponemos más creativos.
Podemos llamar a un vecino conocido, fumador también, por su puesto. Nos tragamos un poquito el orgullo. Le inventamos cualquier excusa para que nos dé el anhelado pitillo —menos la real verdad, que es que no tenemos la pasta para comprarlos—. Ah, pero antes de recurrir al conocido vecino, hemos buscado como si se tratara del mapa de algún tesoro en los bolsillos de la ropa, en los confines del bolso, en los cajones de la mesita de noche, a ver si tenemos la suerte de conseguir algún dinerillo que nos permita adquirir aunque sea un par de los miserables cigarros. ¿Se dan cuenta de todo el esfuerzo que ponemos?
Agotadas las anteriores posibilidades sin éxito alguno, somos capaces (eso sí, con nuestra mejor cara de tabla y en un intento desesperado) de acudir a una hermana —la “rica” de la familia— con otra rebuscada excusa. La llamamos y le decimos:
—¡Hola hermana! ¿Cómo estás? ¿Y los sobrinos cómo andan?
Mientras tanto pensamos: «ojalá y tenga el billete disponible». El saludo se nos vuelve largo y penoso, pero bien vale el trago amargo para satisfacer al condenado vicio, amo y señor de nuestra vida.
Luego de unos minutos más de conversación vacía y casi desesperada, llega el momento de hacer la infame petición:
—Mira Elisa, disculpa la molestia, de verdad. Es que no tengo donde más recurrir – nivel cara e’ tabla I— y es que a Orlandito, mi hijo le pagan…
Y he aquí, la palabra clave: “pagan”. A estas alturas ya mi hermana se debe estar imaginando por donde vienen los tiros.
—…la semana próxima, y bueno, tú sabes… ya la nevera esta como el polo norte: agua y hielo. ¿Tú crees que podrías lanzarme un SOS financiero? Que seguro, seguro te lo “pago” en cuanto caiga el dinero —nivel cara e’ tabla II—.
A mi favor debo decir que no es del todo falso el argumento empleado con mi hermanita. Digo, lo de la nevera vacía suele ser verdad. Pero lo que quiero expresar es que la motivación que impulsa el pedimento es el condenado cigarrillo, las ganas de poseerlo, como si en ello se me fuese la vida. Bueno de hecho, es así.
Lo más seguro es que Elisa dirá:
—Vale, dame un chance y en el transcurso de la mañana te transfiero.
En el 90 % de las veces mi hermana puede hacerme el “préstamo” que, aunque no suele ser un monto grande, sirve para comprar la cajetilla y uno que otro producto comestible. En ese orden.
Ahora solo es cuestión de esperar que realice la transferencia. Ya mi nivel de ansiedad baja un poco, mi cerebro se aquieta; sin embargo, a veces esa espera se hace interminable. Si se tarda demasiado, el nivel de estrés comienza a elevarse de nuevo y mi cabeza a cavilar otra vez: «¿será que se le ha olvidado? ¿Será que mejor le envío un mensaje para recordarle?».
En ese momento reviso en mi móvil las cuentas bancarias a ver si ya está lista la transferencia. Tengo dos cuentas. Cualquiera pensaría que manejo mucho dinero, pero no. Estoy sin empleo desde hace bastante; ya no recuerdo cuanto tiempo ha pasado desde mi último trabajo. Sobrevivo gracias al trabajo de uno de mis hijos, Orlando, que vive conmigo.
No es agradable depender económicamente de otra persona, y menos si esa persona es tu hijo, y menos aún si toda tu vida has sido tú el proveedor del hogar. Pero por los momentos no me queda otra alternativa. ¿Qué le vamos a hacer? En fin, me estoy desviando del tema.
Bueno, como ya dije, reviso ambas cuentas a ver si la operación ya está hecha. Lo más probable es que, si aún no está el dinero, le mande un mensaje a Elisa indicándole a que banco transferir. En el fondo es una medida de presión para que acabe de una vez de mandar la pasta. A estas alturas el caretablismómetro (aparato que mide tu nivel de ser cara e’ tabla) rebaso su límite.
Cuando en un rato (que se hace eterno) vuelvo a revisar la cuenta y veo que el dinero está disponible, es verdaderamente un momento de gloria. Llegará a mí una tranquilidad instantánea. Es como si hubiese ganado el maratón de Boston o el de Nueva York. Ya alcanzada la meta, la respiración se vuelve menos jadeante, el sudor se va secando y se dibuja en mi rostro una sonrisa de triunfo.
Ustedes pensaran que estoy exagerando o que mi hermana suele transferirme una buena cantidad de dinero, pero no. La verdad es que la falta de nicotina te altera completamente la perspectiva y, cuando logras saciarla a través del periplo que les he contado antes, es verdaderamente una hazaña que merece ser celebrada con bailecito incluido.
Sigamos. Le envío un wasap a Elisa:
—Eli, muchas gracias. Pronto te pagaré, lo más probable la semana que viene.
Mi hermana es incapaz de cobrarme y la verdad es que yo la mayoría de las veces no le devuelvo el dinero. Ya saben, por aquello de que estoy desempleada y que, cuando llega el dinero del hijo, ya está todo comprometido: se diluye entre pagar servicios y comida. No da para mucho más. La verdad es que mi hermana es una especie de santa, una tipa buena gente, de las que le caen bien a todo el mundo. Algún día les hablaré de ella con más detenimiento.
Bien. Recuerdan que les dije que en un 90% de las veces Eli cumplía con mis peticiones dinerarias (vamos, que tampoco son muy seguidas, pero, en fin). ¿Qué pasa cuando aparece el 10% fallido de esas veces? Es decir, que la mujer me dice que para el momento no tiene para realizar la transferencia y que probablemente lo haría en el transcurso del día.
Ah bueno. Aquí la consternación y el desespero por saciar el deseo de fumar alcanzan su máximo nivel. Vuelven las locas caminatas del cuarto a la cocina, de la cocina al salón, del salón al cuarto, diciéndome: «¿Y ahora qué? ¿Qué hago?». El sudor recorre mi frente, se tensa mi cuello, me froto las manos y mi respiración se vuelve más intensa. ¡Piensa, piensa, piensa!
Agotadas las dos opciones anteriores (opción A: llamar a un amigo, y la B: llamar a una hermana), queda aplicar la opción C: pensar de qué manera puedo lograr el objetivo. Por mi cabeza van desfilando diferentes alternativas que van desde llamar a una prima —que resulta que es también la madrina de mi hijo, pero debo decir que esta es una acción a la que recurro en última instancia porque aquí la vergüenza me supera—. Aunque les tengo que contar que en algún momento la he empleado, más o menos con el mismo guion que utilizo con mi hermana. Y es que la búsqueda del condenado vicio hace que se te quite la timidez. Supongo que debe ser básicamente el mismo impulso que mueve a un drogadicto. Al final, ambos son vicios.
El tabaquismo y el consumo de eso que llaman drogas duras tienen en común que son adicciones muy difíciles de dejar. Recuerdo haber leído en algún libro —de varios que he consultado para dejar de fumar— que el fumar cigarrillos es tan adictivo como consumir cocaína. ¡Imagínense!
Ah porque otro tanto a mi favor es que he dejado de fumar en varias ocasiones en el transcurso de mi vida. Hubo una en que lo deje por siete años; si así es. La otra significativa fue cuando quería tener un hijo: lo dejé tres meses antes de quedar embarazada, más los nueve meses de la gestación y cuatro meses después, en el periodo de lactancia. Si sumamos todo ese tiempo, daría un total de un año y cuatro meses. Nada mal, ¿eh?
«Dejar de fumar es muy fácil; yo lo he hecho miles de veces».
Esta es una frase que se le atribuye a Mark Twain, el escritor. En fin, se llegan a realizar cosas que jamás pensaríamos ser capaces de hacer. Cuando fallan todas las opciones y el desespero por un chute te supera, te puede suceder lo que a mi amigo Nelson. Ojo, que esto que les voy a contar no me paso a mí, sino a mi amigo; quiero dejar eso en claro.
El amigo Nelson, atacado por una baja de nicotina y sin ninguna opción inmediata de conseguir algún cigarrillo en el momento, decidió salir a caminar sin rumbo conocido, intentando un poco olvidar que era un yonqui del cigarro.
Pues bien, se lanzó a recorrer las calles de su barrio. Al principio con paso apurado, mirando de un lado a otro sin ver nada en concreto. En su andar de prisa levantaba la vista al cielo, un cielo azul infinito y un aire fresco que le acariciaba el rostro de forma agradable, mientras unos tibios rayos de sol le rozaban la parte derecha del cuerpo. No obstante, la sensación placentera que le provocaba su andar se mezclaba con la necesidad de la nicotina; a pesar del cielo azul, la brisa fresca y los rayitos tibios del sol, los pensamientos nicóticos lo atacaban sin piedad.
En una de esas miradas sin rumbo, Nelson bajo la cabeza. Vio pasar por sus ojos hojas sueltas, papeles tirados, botellas desechadas, plantitas saliendo desde las juntas del cemento y raíces de árboles que levantaban buena parte de las aceras. De pronto, en una de esas miradas perdidas y en medio de un destello en su cabeza, se encontró con un pitillo a medio acabar… ¿Y que creen que paso?
Pues, si, si, eso mismo.
Nelson dudó un poco y, con la excusa de amarrarse los cordones del zapato mientras su cuerpo se doblaba hacia abajo, en su mente se decía: — No puede ser. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué estoy haciendo? ¿Se puede caer más bajo?—. Y lo hizo. En un rápido movimiento con su manita izquierda (Nelson es zurdo), le arrebató al suelo de tierra aquel cigarrillo a medio acabar y con la misma velocidad se lo metió en el bolsillo del vaquero. Raudo y veloz, emprendió el regreso a casa.
Sí, sí se puede caer más bajo. Como ven, saciar un vicio requiere constancia, imaginación, desprendimiento, desvergüenza y mucho esfuerzo. Es una lucha interna que desgasta el alma, pero que si lo vemos desde el lado positivo — vamos, un poco de autoayuda, ver lo bueno en lo malo—, el proceso implica toda una serie de virtudes necesarias para lograr un propósito en la vida.
Se llegan a agotar casi todas las posibilidades. Se fuerzan barreras inimaginables. Supongo que esto es lo que han aplicado todas las grandes mentes del género humano, desde Heródoto hasta los inventores de las redes sociales.
Gracias por llegar hasta aquí. Si te gustó este relato házmelo saber en los comentarios.
J.B. Moreno
Fin.