Jhon Cabezón miraba con ternura sus viejos zapatos. Los había comprado hacía treinta años con su primer sueldo, estaban totalmente desgastados y algo desconocidos, pero eran sus amados zapatos.
-Ya tira esos zapatos-
Insistió por enésima vez su esposa.
-No se en qué cabeza cabe seguirlos usando en su estado y además te quedan muy grandes-
En efecto, esos zapatos los había comprado en un remate de saldos, pero cabezón como era, el hecho de que eran tres tallas más grande que la suya, no lo detuvo ni un poco.
Esa mañana había lavado sus zapatos y los había dejado al sol para que se secaran, ya por la tarde, la temperatura bajo drásticamente y Jhon tuvo miedo que lloviera y se mojaran de nuevo, así es que salió corriendo por ellos.
Ya en la tranquilidad de su sillón favorito se puso sus zapatos, pero un extraño maullido lo hizo quitarse uno de ellos. En efecto un pequeño gato de apenas un par de meses había hecho de su zapato su nuevo hogar. A Jhon Cabezón no le importo y se lo puso de nuevo.
Cuando su esposa escuchó los maullidos no salía de su asombro.
-Jhon, en qué cabeza cabe usar los zapatos como alcancía de gatos y aún así ponertelos, vas a asfixiar a ese pobre gato-
Jhon Cabezón no tuvo más remedio que aceptar su derrota, está vez se había topado con un gato que era más cabezón que el.
Desde entonces Jhon usa unos tenis que tenía mucho tiempo sin usar, el gato ha crecido y sale en las noches a cazar ratones, pero cuando regresa se duerme sobre ese enorme zapato, el otro Jhon Cabezón lo tiene guardado por su el gato algún día se va.
Historia corta y dibujo