Recordar el día de la entrega de medallas trae bonitos recuerdos. Parecía un día de carreras entre preparar todo y llegar a tiempo, pero al estar allí y sentir ese momento, la satisfacción por todo el esfuerzo invertido fue total.
Agradecida profundamente con Dios por haberme dado la salud, la constancia y la fortaleza para recorrer ese camino y superar cada reto. Mirar hacia atrás y ver esa medalla es confirmar que todo el trabajo valió la pena y que con Su guía las metas sí se alcanzan.
Pero sin duda, uno de los mejores recuerdos de ese día fue el compartir después con los amigos. Reírnos de todas las anécdotas vividas durante el proceso y disfrutar del momento en buena compañía. Esas conversaciones y las risas compartidas al terminar el acto hicieron de ese momento algo especial.