Ella... ella era una hermosa y dulce muchachita experimentando las primeras sensaciones de una incipiente juventud, transitando por ese maravilloso camino de ensueños, fantasías e inquietantes deseos mientras jugaba risas a veces adolescentes y otras de mujer.
Yo no dejaba de desear esa fuente colmada de monedas y mis ojos viajaban incesantes tras su exacto pimpollo a un paso de convertirse en flor.
Confieso que hubiera asaltado su jardín para deleitarme con su perfume nuevo, con la suavidad de sus pétalos, sus encantos, todo su sabor, y a decir con vanidad, me sobraba oficio para cuidar que su flor se estableciera constante en la página de mi vida y mi nombre permaneciera sin tiempo entre los sentimientos más profundos de su ser.
Hubiera hecho hasta lo imposible por enamorarla, por eso creo que pudo ser el amor.
En ese entonces mi sol era suficiente para sus besos, el abrigo, la protección. Mis brazos eran capaces del alimento y con sólo beber de su alma hubiera bastado para la templanza de acompañar el desarrollo de sus logros, sus conquistas, la tan ansiada plenitud. De haberla besado, posiblemente hubiera germinado espléndido el amor.
Hoy espiándola por sobre los lentes desde cualquier sillón, la vería llegar sonora, encendida, cargada de inquietudes o alcanzándome el último remedio de la tarde y por qué no, planeando un mañana que a mis años sería muy difícil compartir.
Hoy temprano la vi, pasaba desbordante, excelsa, absoluta y con pasos firmes camino a cumplir 25 años menos que yo.
Hoy el corazón sigue creyendo que pudo ser el amor, pero hay cosas en la vida que no se pueden alcanzar, mucho más cuando se trata de diferencias abismales entre un hombre y una mujer.
Años después se hizo popular aquella canción de José José, llamada 40 y 20 y entendí que fui cobarde pero al final conseguí una mujer que me amó.