Hoy he preparado un recopilatorio con algunas de mis participaciones en #microterror256, un concurso propuesto escrupulosamente por el amigo @trenz. Tres microrrelatos de menos de 256 palabras (El coleccionista, La semilla de Caín y Una gota de Otoño), para cuya lectura, si me permitís, os haré una propuesta de ambientación:
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Jésica despertó envuelta en sábanas de seda fina, muy suave. Una especie de sensación de bienestar y relajación la balanceaba aún entre la irrealidad del subconsciente y un estado de conciencia todavía apenas asimilado. Nada que pudiera disimular la tremenda turbación que la dominaba. Le dolía la cabeza, comenzaba a notarlo. Una punzada aguda que penetraba más y más, extendiéndose como un canal de lava volcánica que avanza sin descanso. Le pareció estar tumbada, notaba el contacto de aquella exquisita tela a lo largo de todo el reverso de su cuerpo. La sensación era agradable y cada vez más intensa. El contraste, con cada segundo que pasaba, se hacía menos sutil.
Y el dolor crecía.
Comenzó a abrir los ojos con dificultad, le pesaban los parpados como si una prensa de cemento los empujara. Las imágenes, dislocadas al principio, fueron tomando forma. Intentó masajear su cabeza pero unas correas de alambre punzante se lo impidieron. Quiso gritar, pero Jésica ya no tenía voz…
- Buenos días mi bella durmiente, no te preocupes ya… -la chica lo vio, a su izquierda, sujetándole el dedo índice- ... ya casi estoy acabando.
Un chico huesudo, al que no conseguía recordar, permanecía junto a ella. La mirada fija en su tarea, concentrado, tranquilo, imperturbable. Por un momento creyó ver una figura de mármol pulido perfecta en aquel chico. Los dedos de ambos lucían un descarado tono rojizo, rojo oscuro.
El chico, después de limpiarla, soltó aquella última uña en un tarro perfectamente etiquetado y el dolor… el dolor crecía.
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Iglesia de San Salvador de Catamuda, Palencia (Reino de Castilla); Año 1156
Didacus estaba solo, nadie le acompañaba ya, y la larga cacería aún continuaba. Apoyó su mano izquierda en el portón de entrada, miró a su alrededor, quería comprobar que nadie le seguía, que nadie le vería entrar en aquel templo. Quizá encontraría un oscuro recodo donde esconderse. Quizá. Sin embargo, podía olerlos. Sabía reconocer su olor a la perfección y la sensación era cada vez más fuerte, debían estar muy cerca.
Empujó la madera y entró. Sus ojos, inyectados en sangre, dieron un fugaz vistazo a la estancia, no parecía haber nadie. Debía seguir avanzando y eso hizo. Justo antes de entrar en una de las habitaciones traseras, pasando el altar, se detuvo un instante a mirar la cruz católica que presidía aquel salón. Abrió la trampilla que daba al paso subterráneo y bajó, con la esperanza de que los rastreadores no lo buscaran allí. Era tarde, estaba muy cansado y, sin quererlo, el sueño fue apoderándose de su ser…
Un conjunto de ruidos violentos le despertó. Ya estaban ahí. Debía ser un grupo, podía olerlos. Oyó como se abría su trampilla.
- ¡Eh! ¡Por aquí! –ya venían.
Habían perdido aquella guerra, Didacus lo sabía bien, sus dos especies nunca estuvieron destinadas a coexistir. Un reflejo de plata destelleó en aquel oscuro pasillo, era un hacha. Tal vez su muerte significaría el final de los hijos de Caín. Mostró los colmillos una vez más y saltó con rabia sobre el primero de sus cazadores.
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Todos dicen de Marco que es un niño muy reservado, poco hablador, que su mundo interior debe ser muy rico. Que su introspectiva es su mayor exponente, quizá su mayor virtud. A sus siete años es uno de los mejores en clase. Cursa segundo de primaria. Las matemáticas se le dan muy bien, casi tanto como las artes plásticas.
Marco mira por la ventana del aula, ya es mediodía y, como sin quererlo, repara en una gigantesca gota de lluvia que el fuerte viento de otoño hace impactar contra aquel rectángulo de cristal doble insonorizado de aquel colegio de pago. La gota se deforma como el pensamiento de Marco en un ciclo vital inconcluso. «Yo no quiero regar cristales…», concluyó el niño antes de cerrar los ojos. Oía llover cada vez más fuerte y cada vez más lejos. Era como si viajara a su propio interior a la velocidad del rayo.
Pasó la mañana y Marco subió al coche de su padre sin saludarlo.
- Marco, ¿sabes que hoy es un día especial?... –el padre sonreía sin mirar al niño- Es el cumpleaños de papá. –su mirada encerraba un tremendo vacío, un vacío impaciente, borroso.
Llegaron a casa, estaban solos. Marco corrió a su habitación, cerró los ojos y, como con la gota, viajó a su propio interior tan rápido que ya no podía oír nada, sólo la lluvia: no oyó cómo su padre cerraba la puerta del cuarto, ni cómo desabrochaba su pantalón, dejándolo caer al suelo, ni el suave roce de sus perversas caricias…
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