English version
As I walked down the hill facing Quetepe Beach, I noticed that there was another interesting view of the community. I began walking back toward the beach, looking for new scenery along these paths that were previously unknown to me. This time, there were many boats anchored along the shore, a sign that several fishermen had already returned from their fishing trips.
Small boats rested near the shore—ideal for harvesting seafood, which is the main source of livelihood for this community. The people here clearly take pleasure in living in this environment; at least, their faces reflected the peace of those who live far removed from the daily grind of city life and its problems.
I’ve gone fishing on several occasions, but I’ve never boarded a boat to head out to sea at dawn. I suppose I’m far from having such an experience because I’m not a fisherman, and I admit that seafarers are already seasoned in this trade—since they’ve been trained from a very young age about the moon’s influence on the tides, fishing seasons, and what to do to avoid danger.
From this vantage point, I noticed some small huts—modest structures made of wood and palm fronds. Smiling families with children running back and forth, chasing chickens and looking for crabs—it’s amazing how happy one can be with so little, far removed from so many materialistic concerns. Returning to the essence of life must be one of the paths to embarking on a journey of inner rediscovery.
This seascape is dotted with coconut palms—a symbol of beach life—that tower over this coastal corner. Coconut water is often a highly sought-after drink during Holy Week, not only because it’s refreshing but also because it’s commonly mixed with whiskey during those days when revelry, celebration, and dancing until dawn on the beach are another tradition—especially among the younger crowd.
Versión en Español
Al bajar de la colina ubicada frente a la playa Quetepe observo que se tiene otra mirada interesante de la comunidad. Empecé a caminar de regreso al balneario buscando nuevos paisajes por estos caminos hasta ahora desconocidos. Esta vez habían muchos botes anclados a la orilla, lo que era indicio de que ya habían regresado varios pescadores de su faena.
Embarcaciones pequeñas reposaban cerca de la orilla, ideales para extraer alimentos de origen marino que representan el principal sustento de esta comunidad, la cual se nota complacida al vivir en este ambiente, al menos en sus rostros se reflejaba esa paz de quienes viven alejados de la cotidianidad citadina y sus problemas.
En varias ocasiones he pescado, pero en ninguna de ellas he abordado una embarcación para internarme en el mar de madrugada. Supongo que estoy lejos de vivir tal experiencia porque no soy pescador y admito que los hombres de mar ya están curtidos en este oficio porque desde muy jóvenes han sido adiestrados en lo que respecta a la influencia de la luna en las mareas, las temporadas de pesca y también lo que se debe hacer para evitan cualquier peligro.
Desde esta perspectiva noté algunos ranchones, estructuras modestas elaboradas con madera y palmas. Familias risueñas con niños corriendo de un lado otro persiguiendo gallinas y buscando cangrejos, se puede ser feliz con tan poco, lejos de tantos pensamientos materialistas. Volver a la esencia de la vida ha de ser uno de los caminos para emprender un reencuentro interior.
En este paisaje marino abundan los cocoteros, un símbolo de la vida en la playa, que se levantan en este rincón costero. El agua de coco suele ser una bebida muy codiciada en época de Semana Santa, no solo porque es refrescante sino también porque suele combinarse con whisky en esos días donde el desenfreno, el festejo y los bailes hasta el amanecer en la orilla de la playa suele ser otra tradición, sobre todo entre los más jóvenes.
✓Photos from my personal gallery, edited with Fotocollage.
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✓Fotos de mi galería personal, editadas con Fotocollage.
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