Sombra de mi vida, luz de mi corazón
El concepto de una mascota varía en cada persona, depende de cuánto ames a los animales porque no todos sienten el mismo apego a esas criaturitas. Para mí, una mascota es un angelito al cual Dios no le puso alas sino patitas y cola (o plumas, o aletas, todo depende de qué animalito tengas).
Me he considerado toda mi vida una amante de los animales y uno de mis primeros recuerdos es de mis padres conmigo en el auto en una estación de gasolina y un señor acercándose con una caja en sus brazos y dentro de ella había una bolita de pelos anaranjada, una cachorrita de raza chowchow, la llevamos a casa y Julieta vivió con nosotros por 10 años. Y si me lo preguntan no podría nombrar a todos los perritos que he tenido a lo largo de mi vida, han sido muchos y es probable que olvide nombres.
Siempre quise gatos pero no me dejaron tener uno hasta cumplir los 9, y a partir de ahí siempre ha habido al menos uno en casa.
En 2015 una de mis perritas enfermó de cáncer, fue duro para nosotros verla debilitarse sin poder ayudarla, lloramos mucho cuando murió. Pero en medio de ese huracán, Sombra llegó a mí.
Lo dejaron en una caja con su mami y dos hermanitos, estaban recién nacidos y la gata estaba amarrada en lo que suponemos que era un intento de que no los dejara solos. Sin pensarlo mi madre desató a la gata y ella escapó, quedando los 3 gatitos recién nacidos abandonados. Y no hubo discusión pues era obvio que yo los iba a adoptar, no podría dejarlos ahí a morir.
A pesar de que dos años no es mucho tiempo, la economía estaba muchísimo mejor. Es decir, era común el que hubiera leche en casa y pude alimentarlos, haciendo lo que podía pues como buena entusiasta le pregunté a mi buen amigo Google si era correcto darles eso de alimento y habían varios riesgos, pero las otras posibilidades simplemente no eran posibles. Tristemente los otros dos gatitos no sobrevivieron y Sombra quedó solito.
Al principio él dormía en su cama, pero rápidamente aprendió a trepar a mi cama y muchas noches me despertaba porque sentía sus garritas en mi cuello porque ese era su lugar favorito para dormir. Bajarlo era inútil pues era más largo el tiempo que yo tardaba en bajarlo de la cama en que el que él tardaba en subirse de nuevo a esta.
A medida que pasaba el tiempo y Sombra crecía, notaba sus mañas. Detalles que lo diferenciaban de todos los gatos que había visto a lo largo de mi vida. Era alegre como un pequeño niño, juguetón y muy cariñoso. Nunca llegó a arañarme al jugar, aunque se abrazara a mi mano no sacaba sus garritas, era muy cuidadoso.
Cuando salía de casa a la tienda de la esquina él bajaba hasta la puerta a despedirme y se quedaba sentadito esperando por mí. Al yo volver, se paraba en dos patitas y abrazaba mi pierna, lo cual era su manera de pedir que lo cargara para que entraramos juntos a la casa.
Cuando estudiaba, Sombra se sentaba en mis piernas durante horas, y cuando se aburría de estar allí, se subía a mi espalda justo sobre mis hombros, su cabeza de un lado y las patitas en el otro, acostado ahí quedando como una linda bufanda de gato. O también cuando lo cargaba y él se recostaba en mi hombro de la misma manera en la que lo hace un bebé.
Son tantas cosas que lo hacían diferente al resto, todos los que lo llegaron a conocer decían exactamente eso, incluso mi hermana a la que nunca le gustaron los gatos me decía “Él es diferente, me encanta”.
Pero hace meses él enfermó y nada de lo que pude hacer por él mejoró su salud, me dolió profundamente verlo deteriorarse sabiendo que el día en el que él ya no estuviera conmigo estaba cada vez más cerca.
El domingo 29 de octubre, en algún momento de la mañana mientras estábamos en la iglesia, Sombra se fue y no volvió más.
Podrías pensar que ese es un comportamiento común en los gatos, pero no de mi Sombra. Nunca llegó a salir de casa por más de un par de horas, así que cuando anocheció y él aún no estaba en casa supe que nada andaba bien. Él estaba demasiado débil para incluso subirse a una silla, así que si salió de casa tal vez no podía volver. Lo busqué por todos los lugares que pasaron por mi mente, mas no lo encontré.
Y para empeorar mi humor, ese día cayó una fuerte lluvia lo cual me preocupó más, pues Sombra estaba allá afuera, enfermo y solo, con frío…
Me costó bastante dormir esa noche, pero al despertar lo primero que hice fue mirar su camita a ver si había vuelto y se me rompió el corazón al verla vacía. No había nadie en casa y no quería llorar sola por más tiempo así que fui a casa de mi hermana para una muy necesaria terapia de bebé.
Abracé a mi sobrina de dos meses por horas, sintiéndome un poquito mejor, aunque cuando les conté lo de Sombra volví a llorar a mares y mi hermana me veía con cara de “¿Qué hago? ¡Ayuda!” hasta que al final me dijo “bueno, consuélense las dos ahí, ya que ambas amanecieron lloronas hoy”.
Me costó bastante ir a mis clases de danza pues eso implicaba pasar por casa a arreglarme y vería nuevamente esa cama vacía, pero aun así fui y salí de ahí sintiéndome mejor.
Le dije a mi mejor amiga y a mi mamá que mis esperanzas de que Sombra volviera se mantendrían altas hasta el miércoles de esa semana. Cuando ese día llegó y él aún no estaba en casa, tuve que aceptar que se había ido.
Odié cada segundo que lo imaginaba solo, con frío y hambre, triste. ¿Pensaba en mí? ¿Extrañaba mis brazos? ¿Habrá permanecido en su mente lo mucho que lo amaba? ¿Sufrió o se fue de manera rápida e indolora?
Años atrás, una pequeña cachorrita que rescaté de la calle ya bastante enferma murió bajo mi cuidado. Yo iba casi que dos veces al día al veterinario para ver qué podía hacer para mejorarla, y ya la última vez que fui ella me dijo “no puedo hacer nada más, tranquila, gracias a ti ella experimentó el amor y se irá de aquí sabiendo que la quisiste mucho”. Y cuando llegué a resignarme de que Sombra estaba muerto y que no volvería a casa esa frase se me vino a la mente.
Tranquila Rebeca, lo amaste con todo tu corazón y él se fue de aquí sabiéndolo.
Mi mami siempre que cargaba al gato le decía lo afortunado que fue de haber llegado a nuestro hogar, porque en ningún otro sitio lo hubieran querido tanto (siendo él un gato negro, por las supersticiones de la gente y tal). Pero es que él era mi bebé.
Mirar sus fotos, duele. Llegar a casa y que él no corra a recibirme, duele. Abrir la puerta de mi cuarto y no ver su camita allí, duele. Dormir sola, duele. Pensar en él, duele. Escribir acerca de él, duele.
Yo tenía la esperanza de que viviera unos 10 años o más, de que él conociera mi nueva casa y que mis hijos jugaran con él. Casi tres años no fue suficiente, no estaba lista.
Los miles de recuerdos que tengo de él los guardaré por siempre atesorados en mi corazón. Lo extraño con locura, espero que no haya sufrido al irse y que dondequiera que esté sea feliz y que sepa cuanto lo amo y lo extraño. De verdad que parece irreal saber que ya no está. Y aunque de verdad sé que se ha ido, alguna parte de mí no se resigna.
Han pasado semanas y sigo soñando con que vuelve a casa y que al despertarme y abrir la puerta de mi habitación él está ahí para saludarme y levantar sus patitas para abrazarse a mi pierna pidiéndome que lo cargue.
A veces al dormir siento su calor en mi nuca, como cuando era pequeño y se acurrucaba en mi almohada descansando su cabeza en el hueco de mi cuello.
A veces al llegar a casa me quedo esperando verlo bajar a recibirme.
Dicen que los gatos negros son de mala suerte, pero qué afortunada fui de que él llegara a mi vida y me llenara de su peludito amor.
Te amaré y te extrañaré por siempre, Sombra de mi vida, luz de mi corazón.