El reloj marca el final de la jornada de trabajo y, mientras recojo mis cosas, siento el cansancio acumulado en el cuerpo. Sin embargo, hay un pensamiento que me borra de golpe cualquier fatiga: saber lo que me espera al cruzar la puerta de mi casa. No hay mayor fortuna en este mundo que tener un lugar a donde volver, un refugio donde el ruido de afuera se apaga y empieza la verdadera vida junto a mis dos grandes amores.
El día afuera puede ser pesado, pero todo cambia en un segundo cuando abro la puerta y me reciben mis dos amores, no hay un saludo silencioso en mi casa, y doy gracias a Dios por eso. Es entrar y que de inmediato se me vengan encima los besos y los abrazos, esos que te quitan de golpe todo el cansancio de los hombros, pero la bienvenida viene con el combo completo: entre beso y beso, ya empiezan las quejas afectuosas. Mi hija es la primera en recibirme contándome el reporte del día, diciéndome que su hermanito se portó mal o hizo de las suyas.
Es una locura hermosa porque ambos están en etapas completamente diferentes. Mientras intento dejar mis cosas, ella no pierde tiempo y empieza a soltar todo lo que hizo en el liceo, sus anécdotas y sus cosas de muchacha.
El otro día, de hecho, nos dimos cuenta de lo mucho que está creciendo el niño y de lo hombrecito que se está volviendo. Mi hija andaba desesperada buscando un cuaderno por toda la casa; estaba tan estresada que casi lloraba. Él, viéndola dar vueltas, se le acercó y le preguntó con mucha seriedad: "¿Qué buscas?", ella, con la voz entrecortada, le dijo que su cuaderno, que era muy importante porque ahí tenía todos sus apuntes. Él simplemente la miró fijamente, con una calma que no parecía de su edad, y le contestó: "Valentina, no llores, no te preocupes". De verdad que parece un viejito prematuro con esa madurez y esa forma tan dulce de querer calmar las cosas.
Mucha gente busca la paz en el silencio, pero para mí, la paz es este ruido hermoso, escucharlos, ver sus caritas y tener que atender a las ocurrencias de los dos al mismo tiempo es mi verdadera forma de respirar. En ese desorden lleno de vida, donde me buscan y me necesitan tanto, es donde me siento completamente amada y, sobre todo, extrañada. Saber que contaban los minutos para que yo llegara a escucharlos es el regalo más grande del mundo.
Al final del día, cuando la casa por fin se queda en silencio y los veo dormir, me doy cuenta de lo afortunada que soy, el trabajo fuerte y el cansancio valen completamente la pena cuando el destino es un hogar lleno de tanta vida y tanto amor. Gracias a Dios por este ruido hermoso que me da fuerzas cada día, y gracias a ustedes por acompañarme una vez más en estas reflexiones de mi corazón.
¡Nos leemos en el próximo post, bendiciones para todos!.