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Durante mucho tiempo, las historias nos hicieron creer que teníamos que sentarnos a esperar, ¿Esperar qué? , Esperar a que alguien llegara a rescatarnos, a cambiar nuestra realidad o a traernos en bandeja de plata aquello con lo que siempre soñamos, nuestros padres nos contaban cuentos con finales felices que nos instaba a esperar a la persona perfecta.
No es por ser pesimista o intentar echar por tierra lo que pensamos un tiempo, pero hay un despertar maravilloso cuando te miras al espejo y entiendes que el verdadero poder jamás estuvo afuera, siempre estuvo dentro, pero ahora es que lo comprendo.
Bajarme la luna Significa tomar las riendas de mi vida con valentía, sin pedir permiso para brillar ni esperar a que un tercero me dé el lugar que por derecho me corresponde. Comprendí que no necesito que nadie venga a cumplirme los sueños cuando Dios me dotó de la capacidad, la inteligencia y la fuerza para salir a buscarlos y conquistarlos por mí misma, mis manos han sido capaces de edificar lo que hoy disfruto, y ese es un orgullo que nada ni nadie me podrá quitar.
Bajar la luna es el testimonio vivo de cada caída convertida en aprendizaje, de cada cicatriz transformada en sabiduría y de la gracia infinita que me ha sostenido en los días más difíciles. Muestra a una mujer que aprendió a levantarse cuando las fuerzas escaseaban, que secó sus propias lágrimas y que decidió volver a empezar cuantas veces fuera necesario. Hoy miro hacia atrás no con dolor, sino con una gratitud inmensa hacia la persona en la que me he convertido: una mujer resiliente que floreció justamente donde la vida intentó quebrarla.
El amor propio más profundo y verdadero, nace el día en que dejamos de mendigar afecto, validación o promesas vacías. Por años nos dijeron que éramos una mitad en busca de su complemento, pero la verdad es que nacimos completas., ya no me siento a esperar a que alguien me prometa el cielo; aprendí a regalármelo yo misma.
Aprendí a sembrar mis propios jardines y a decorar mi propia alma. Bajarme la luna solita es el acto definitivo de saber abrazarme en los días grises, celebrar mis pequeñas y grandes victorias, y cuidar de mi paz como el tesoro más valioso. Es entender que mi valor no aumenta ni disminuye según la presencia de otros. Hoy camino desde la abundancia de un corazón lleno de fe y amor propio, sabiendo que si alguien decide acompañarme en el viaje, no vendrá a llenar un vacío, sino a compartir la luz que ya habita en mí.
Si miramos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que no es una historia aislada: en estos tiempos, somos la gran mayoría. "Bajarse la luna solita" ha dejado de ser una excepción o una frase bonita para convertirse en el latido diario de millones de mujeres que sostienen el mundo con sus propias manos.
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Mi anécdota personal una de tantas
Cuando era adolescente, soñaba con ser una mujer adinerada. Venía de una familia de muy escasos recursos y sé muy bien lo que es crecer con carencias de lo más básico. Por eso, el mismísimo día que me entregaron el diploma de bachiller, tomé una decisión: me escapé al centro de la ciudad dispuesta a comerme el mundo y a buscar mi primer trabajo.
Entré a una agencia de reclutamiento donde había más de cien personas aspirando a lo mismo. El filtro era feroz: de cien pasarían a cincuenta, y al final solo veinte entrarían a trabajar en empresas reconocidas. Pasé la primera entrevista y llamaron a mi mamá. Recuerdo clarito sus palabras: «Señora, la llamamos de Halliburton. Su hija fue seleccionada». Mi mamá no lo podía creer; era una transnacional petrolera gigantesca.
El detalle era que yo no tenía ropa adecuada para presentarme. Sin pena y con la meta entre ceja y ceja, le pedí prestada una pinta a una tía que tenía recursos. Así, vestida con ropa ajena pero con una fe propia inquebrantable, fui a la prueba final... y quedé entre los veinte seleccionados.
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Reflexión:
Ese día entendí algo para toda la vida: la luna nunca ha estado lejos. Las metas más grandes no dependen de la cuna en la que naciste, de la ropa que llevas puesta ni de la edad que tengas. Dependen de la determinación con la que sales a buscarlas. Aprendí que cuando anhelas algo con el alma y le pones coraje, no hay puerta que no se abra ni sueño que te quede grande. La luna no te la baja nadie: te la bajas tú misma el día que decides no rendirte.
Cada vez que una de nosotras se levanta tras una prueba difícil, cada vez que celebramos un logro conseguido con nuestro propio esfuerzo y cada vez que sonreímos agradecidas por la vida, nos estamos recordando que la luna nunca estuvo tan lejos... porque fuimos capaces de alcanzarla con nuestras propias manos.
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Aprovecho estas últimas líneas para despedirme con el corazón lleno de gratitud. Gracias a cada persona de esta hermosa comunidad por leer mi historia, por cada comentario de aliento y por acompañarme siempre en este espacio. Valorar y compartir estos pedacitos de vida se siente increíble cuando hay una comunidad tan bonita respaldándote.
Nos leemos en la próxima publicación. ¡Un abrazo enorme para todos!
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