Ustedes han de perdonar la crisis existencial que me mueve justo ahora pero… ¿no se han preguntado, en algún momento de su historia: qué demonios andamos haciendo aquí? Estos días he sentido como una soga sobre el cuello, o unas manos invisibles que me cortan el flujo de aire y me hacen temblar. ¡Soy incapaz de cambiar mi destino! Factores externos y que todos señalan como poco valiosos para el alma me coartan todo camino que me dispongo a pisar. Siento que respiro y sudo fracaso… ¿A qué dios le rezo para que oiga mis lamentaciones? Permanezco sumergido en medio de una densa niebla que me opaca al mundo. A veces parece que un sol tímido y de poca monta trata de disipar el velo, pero viene la lluvia y me hunde de nuevo en el frío ambiente. Soy como un personaje de Macondo mirando afuera en los días del diluvio.
Y no se crean. Me levanto, hago pequeñas afirmaciones; recito oraciones y doy gracias por el nuevo día, la salud y la algarabía que me rodea, pero nada parece favorecer mis anhelos. Abro puertas a punta de puñetazos para descubrir tras ellas murallas de piedra maciza; y, a decir verdad, comienzo a sentirme cansado de la batalla…
Pero no hay que hacer alarmas. Dentro tengo algunas esperanzas y una promesa que me sustenta, como un pequeño fuego dentro de una cueva; si estoy aquí es, precisamente, porque necesito hacer catarsis. Necesito vaciar todos estos pensamientos y dejarlos fuera de mi cabeza para poder ordenar mis ideas y seguir trazando planes que me alejen de este caos que hoy me corroe y con el que lucho a cada minuto.
No pretendo que entiendan nada… sólo necesitaba dejarlo fuera…