Poco a poco volvemos a la normalidad, recuperando hábitos que perdimos durante la pandemia. Tantas cosas cambiaron en nuestras vidas en tan poco tiempo, que es casi como comenzar de nuevo. Lo que más me impacta es la forma en que nos relacionamos, todavía un poco recelosos porque el virus sigue ahí, acechando esperando que cometas el menor descuido. Nada de besos y abrazos, todavía usando la mascarilla (la cual no deja de sorprenderme una y otra vez, no hay forma de que mi mente se acostumbre a su uso). Debe ser porque no me deja ver el rostro completo de las personas, saber si alguien sonríe o hace una mueca. Echo de menos esos gestos. Para los niños es aún peor, han perdido las habilidades de relacionarse, han tenido que aprender otras formas de mostrar afecto, todo el día encerrados con esa energía inagotable propia de la edad. Por suerte ya terminan las restricciones, reabren las escuelas, parques, teatros.
El mar esa será mi primera gran salida, bueno no, la segunda. La primera será al zoológico que se lo prometí a mi hija. Pero extraño el mar, su olor, la brisa, las olas. Durante la pandemia fui una vez, pero no dejaban cruzar, así que lo vi de lejos, vacío sin persona alguna paseando por allí. Resultaba extraño pero atrayente, todo ese mar solo para mi, pero no se podía cruzar.
En fin solo recordar que salimos con la pandemia, no de la pandemia, así que es bueno que sigamos cumpliendo con las medidas que nos trajeron hasta aquí, sanos y salvos. Cuídense mucho, pero disfruten que nos lo merecemos.