Gente de Hive: Publico un segundo sueño, con algo más de elaboración en la narración pero sin cambiar esencialmente lo que recuerdo de él. El escritor mexicano Hugo Hiriart, en su libro Sobre la naturaleza de los sueños, dice que los sueños no tienen estructura narrativa; que esta es añadida en un momento posterior, cuando recordamos el sueño. Pudiera ser verdad (aunque no estoy convencido), pero en todo caso, lo que se recuerda es lo que importa.
Como en el post anterior, tal vez este sueño de pie a un relato o tal vez no.
Saludos.
Llego al hotel donde se celebra un congreso de literatura. Como yo, otros muchos delegados se acercan a la recepción y dejan sus datos para luego dirigirse a los ascensores.
El hotel es grande, y aunque no es lujoso sí está bien cuidado y sus espacios son cómodos. Desde las amplias ventanas de mi habitación veo el paisaje alrededor, diez pisos más abajo: un desierto de arena y piedra en el que destaca como una herida una carretera estrecha y recta.
La primera jornada transcurre con normalidad. Me encuentro con colegas ya conocidos y estos me presentan a otros. Asistimos a las lecturas y conferencias en un auditorio vasto y moderno. Durante un receso, ocupo un sillón de cuero en un lugar algo apartado de la actividad principal. Es una pequeña sala con varios asientos abierta a un jardín interior en el que destacan los altos tallos de bambú.
Un hombre ocupa el sillón a mi lado derecho. Sin presentarse ni mediar ninguna explicación, comienza a exponer su plan para ganar mucho dinero. Tengo los planos de una máquina…, comenzó, pero no lo dejé continuar. Me levanté y abandoné el lugar. Era, con seguridad, algún tipo de estafador o lunático.
Al día siguiente noté que había mucha menos gente en el auditorio; incluso, algunas ponencias se suspendieron por ausencia de los participantes. Supuse que la alta concurrencia al bar y las reuniones etílicas de la noche anterior en las habitaciones eran las responsables del ausentismo. No me preocupé en ese momento. En la sesión de la tarde había menos gente, y eso sí me pareció extraño. Lo comenté con un compañero, que no le dio ninguna importancia.
En uno de los muchos salones del hotel me topé con el hombre que había tratado de venderme su idea de la máquina para ganar mucho dinero; estaba exponiendo sus argumentos a uno de los delegados –supe que lo era por el carnet colgado a su cuello con un cordón dorado– que parecía verdaderamente interesado. El hombre me miró con hostilidad y bajó la voz para que yo no pudiera escucharlo. Me largué de allí por un pasillo alfombrado que me condujo hasta el área de la piscina. Estaba completamente vacía. Hileras de tumbonas se asomaban al agua transparente, pero no había ni un solo huésped ni un solo mesonero.
Decidí volver a la sala de conferencias; para llegar hasta allá debía atravesar el lobby, que me mostró la misma situación de la piscina: nadie detrás del mostrador de recepción, ningún botones, nadie cargando una maleta; más allá de las puertas de vidrio de la entrada nadie llegaba ni se marchaba.
En la sala de conferencias, una docena de hombres y mujeres parecían tan desconcertados como yo.
Me dirigí a los ascensores. Subí, único ocupante de la caja metálica, al piso diez. Frente a la puerta de la habitación se agrupaban tres camareras de uniformes grises; conversaban en voz baja, pero cuando me acerqué a ellas guardaron silencio. Le pregunté a la que me pareció de más edad y autoridad qué pasaba, dónde estaban todos. La mujer sonrió y miró a sus compañeras, ignorándome. Levantando la voz, exigí que los responsables del hotel me explicaran por qué desaparecían los delegados al congreso. La camarera me miró con una mezcla de burla y conmiseración y se marchó con las otras siguiendo el pasillo.
Bajé por las escaleras, decidido a marcharme de allí ante la sensación de amenaza y peligro. El hotel se había hecho laberíntico, con múltiples recovecos, escalinatas y terrazas. En una de ellas encontré nuevamente al inventor y al delegado. Parecían a la vez alegres y desesperadamente enajenados. Me anunciaron a los gritos que la máquina estaba lista. Me alejé de ellos pensando que habían enloquecido.
No pude encontrar a nadie más en el hotel. Casi por casualidad di con la salida. Atravesé las puertas de vidrio y me detuve en el jardín de la entrada. En ese momento escuché detrás de mí un ruido estruendoso. Al voltear, pude ver la máquina derruir la entrada del hotel, arrastrada por un par de cuerdas que tiraba la pareja con gran esfuerzo. Luego se atascó en la tierra del jardín. Era una máquina impresionante, de tres metros de altura y quizás más de ancho, cromada, reluciente, llena de brazos mecánicos, pero que no parecía servir para nada. Su inventor se sentó en el suelo y comenzó a llorar. Yo me di media vuelta y contemplé la carretera que pasaba frente al hotel, recta, desolada, adentrándose en el desierto infinito.
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