Mi abuelo Sebastián era, para la época, un joven propietario, dueño, además, de esa sólida cultura humanista de la que tanto nos enorgullecemos aunque, bien mirada, no sirva de mucho para enfrentar los sinsabores y las traiciones de la vida. Cuando nuestra ciudad decidió unirse al movimiento independentista, mi abuelo prefirió mantener su lealtad al rey. Estaba en franca minoría entre sus compañeros de clase, quienes, casi unánimemente, apoyaban la causa patriota. Mi abuelo decidió marchar a sus haciendas de cacao del golfo de Paria, donde tenía la esperanza de aguardar a que el vendaval pasara. Como sabemos, el vendaval no solo no pasó, si no que se transformó en huracán de sangre y fuego.
Sebastián no era un guerrero, como casi ninguno de los de su generación, y sin embargo terminaron abrazando las armas con inusitado ardor. Mi abuelo no tenía temperamento para la vida militar. No era un cobarde; simplemente su idea de una vida digna de ser vivida no pasaba por los cuarteles, y muchos menos por las cargas de caballería, los saqueos y las degollinas que suelen ser las guerras, las de antes y las de ahora.
Se fue a vivir a Trinidad, del otro lado del golfo de Paria, tierra que, si bien estaba bajo dominación inglesa, conservaba aún lazos con la nuestra; allí teníamos dos o tres haciendas de caña de medianas dimensiones y participación en el comercio del algodón. Durante un tiempo las cosas marcharon bien, si bien Puerto España era un hervidero de espías realistas y patriotas, y las conspiraciones y emboscadas parecían constituir una forma de vida tan respetable como el contrabando. Mi abuelo no podía ignorar que las señales de la guerra se aproximaban cada vez más y pronto tocarían su puerta, como ya lo habían hecho en nuestras casas de tierra firme, primero en Cumaná y luego en Güiria, primera escala de un exilio que duraría décadas y en el cual he querido ver, tal vez en forma inexacta, lo reconozco, el origen de mis propias tribulaciones.
No obstante aquellas sombras que se extendían sobre nuestra tierra, no habíamos abandonado –es decir, Sebastián no había abandonado– las posesiones de tierra firme. Cada pocos meses se dejaba llegar a las costas de Paria para supervisar cómo marchaban las cosas. Pasaba un tiempo en esas hermosas tierras y luego regresaba a Puerto España, donde encontraba cierto consuelo de los sinsabores del exilio en los burdeles de la ciudad. La revolución en Haití había arrojado a un número considerable de hacendados franceses y sus familias a Trinidad, y a pesar de que la mayoría salvó una parte considerable de sus fortunas y lograron establecerse ventajosamente, no así todos, que siempre hay quienes llevan la peor parte de cualquier cambio político. Como consecuencia, los prostíbulos franceses mejoraron en calidad y cantidad con el aporte de empobrecidas matronas y sus hijas, quienes no hallaron mejor manera de, si no reconstruir sus fortunas, al menos mitigar la miseria. Lo que no ha de ser con honra, que sea con provecho, podría haber sido la consigna de aquellas mujeres desdichadas en las que mi abuelo encontraba el consuelo de sus propias desventuras.
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