Había una vez un pueblo alejado de todo, pero no era un pueblo cualquiera. Era uno de esos pueblos costeños a la orilla del mar. Donde lo primero que olían, oían y veían era el mar. El lugar estaba compuesto por múltiples casas divididas entre las que estaban a solo metros del agua, así como las que se ubicaban en los altos cerros. Tenia una sola iglesia abandonada y carcomida por el salitre, un pequeño ambulatorio muy bien surtido de equipos intrahospitalarios financiados por el gobernador, sin olvidar el instituto educativo donde dictaban preescolar, primaria y secundaria. Sin embargo, lo que hacia singular al pueblo era su rompeolas llamado el Rompeolas de los pelicanos.
El rompeolas era único en diseño, nadie sabía quién lo había construido. Todos opinaban que guardaba la apariencia de ser una especie de santuario, eso le otorgaba su atractivo, todas las rocas estaban en caos, pero verlas o recorrerlas decían daba una sensación de bienestar. Desde que tenían noción sus habitantes siempre estuvo allí y les bastaba con que protegiera sus botes de las fuertes tormentas y mareas. Además, nadie nunca nadie se había adentrado a su territorio, solamente los pelicanos se posaban en las rocas. Ni gaviotas, ni cangrejos, ni siquiera los buzos se acercaban para pescar. Y todos los días se veían a toda hora un tropel de pelicanos andando de aquí allá en el malecón.
Y en ese pueblo alejado de la humanidad había un niño obsesionado con ese rompeolas. Se llamaba Ceiba, por la sencilla razón que su madre una vez siendo joven escucho a uno de esos muchos turistas hablar y oyó esa palabra, le había gustado y al nacer su primogénito lo nombró como tal. Ceiba poseía apenas unos 8 años de edad pelo rizado, tez morena por el sol y con una constitución fortalecida por tanto pescado para comer. Y es que la familia de Ceiba era desde hace muchas generaciones unos humildes pescadores, todos comían obligatoriamente su sustento económico.
Al joven Ceiba desde los 3 años el malecón le había llamado la atención queriéndose adentrar hasta llegar a la punta. Sin embargo, sus propios padres se lo impedían. No porque fuera un niño pequeño, no porque fuera peligroso estar allí. Sino ellos presentían que no era natural. Así que lo obligaron con castigos para que aprendiera a no acercarse al sitio y cada vez que lo veían observar el espigón una buena tunda se llevaba.
Esa penuria tuvo que pasar el pequeño Ceiba no le fueron suficiente, estaba decidido a ir y llegar la final del rompeolas. Su instinto se lo decía y no entendía el por qué. A los 7 años comenzaron sus gajes como ayudante de pesca de su padre y al pasar en la lancha observaba con envidia la majestuosidad del lugar.
Una noche Ceiba sintió que era el momento de ir al lugar, fue una noche tranquila y fría la que se adentró el muchacho. Sus padres dormían por el ajetreo del día y extrañamente todo el pueblo estaba en el letargo del sueño. Nadie se percató que medianoche un chico atravesaba sus calles y empezaba a subir las rocas del misterioso malecón.
Ceiba sentía una gran felicidad al estar en el rompeolas sintiendo las salpicaduras de las olas al chocar con las rocas, del olor a salitre que parecía emanar de la misma tierra y de los múltiples griteríos de los pelicanos. No le dio miedo cuando la multitud de aves echaban a volar pasándole casi cerca, no le dio miedo al observar como los más grandes y viejos pelicanos se quedaban observándole a los dos costados del malecón.
El seguían y seguía caminando, percatándose que el malecón se alargaba a cada paso que daba. Al llegar al final se asombró al ver a un enorme pelicano, al más grande que había visto en su vida, este observaba detenidamente al niño. Los dos se quedaron un rato allí contemplándose entre ellos, como luchando con la mirada.
Hasta que sencillamente todos los pelicanos echaron a volar y dejaron caer sobre Ceiba sus más hermosas plumas, llegando a cubrir completamente al pequeño. Lentamente, pero fantásticamente el joven Ceiba se fue convirtiendo en otra ave más y al terminar su transformación solo quedo otro pelicano más en el rompeolas.
Y así desapareció misteriosamente el joven Ceiba del alejado pueblo a las orillas del mar.
Fuente:
Tomadas con mi celular Huawei Ascend W1 y editadas en Picsart.