Saludos Hivers 🫵✨
En la tarde de hoy he elegido a la #greenzone 🌿 para estar de regreso por éste maravilloso y oceánico ecosistema 🫂 aprovechando mis horas de descanso laboral que, felizmente, coinciden con tener 🔌 y buena conectividad en 🏡 👀
De modo que me dispongo a regalarles, a través del cordial 📪 de #ecency, una modestísima colaboración de corte reflexivo, recién redactada para compartir con los matriculados en el Curso de Preceptiva Poética PALABRAS CON SOMBRA DE 🌳 que habitualmente suelo impartir por la autopista del Whatsapp ⬇️
El universo nos habla constantemente, pero no siempre lo hace mediante las palabras.
Habla con el movimiento de los astros, a través de la respiración del mar, en el crecimiento silencioso de una semilla o en la mirada de una persona que no encuentra cómo expresar lo que siente.
Desde tiempos remotos, el ser humano ha intentado comprender ese lenguaje infinito mediante la ciencia, la filosofía, el arte y la fe. Sin embargo, cuando uno se dedica al oficio de andar poetizando la vida, termina comprendiendo ineludiblemente que existen tres lenguajes universales que atraviesan fronteras, épocas y culturas: la música, el amor y el silencio.
Para mí, la música es quizá el lenguaje más inmediato con que suele expresarse el universo. Uno que no necesita ni exige traducción, porque llega directamente a la emoción.
Una melodía triste puede conmover a alguien que no entiende la letra de una canción; un ritmo alegre puede reunir a desconocidos en una celebración; una nana puede tranquilizar a un niño sin que éste comprenda todavía el significado de las palabras.
La música comunica aquello que muchas veces resulta demasiado profundo, confuso o intenso para ser dicho. Está presente en la poesía del mismo modo en que se percibe en la naturaleza: la sentimos mientras el viento se desliza entre los árboles, cuando la lluvia se derrama o llora sobre los tejados, ya sea de manera delicada o torrencial; se manifiesta variopinta y encantadora en el canto de los pájaros y se le percibe también en las olas que al romperse contra la orilla, producen ritmos que parecen recordarnos que todo posee una cadencia.
Incluso el cuerpo humano tiene su propia música: el pulso del corazón, la respiración y el paso constante del tiempo.
No solo se escucha, la música se siente; es una forma de orden dentro del caos, una expresión palpable, una prueba de que la armonía puede surgir de sonidos distintos.
El amor es otro de los grandes lenguajes del universo. No quisiera limitar mi reflexión al amor romántico, aunque este sea una de sus expresiones más conocidas y a la que asiduamente los poetas cantamos.
Amar es cuidar, acompañar, comprender, perdonar y reconocer la dignidad del otro.
Una madre que vela el sueño de su hijo, un amigo que permanece en los momentos difíciles, una persona que ayuda sin esperar recompensa o alguien que protege la vida de un animal expresan amor en el sentido más exclusivo y auténtico: todos ellos hablan el idioma del amor y ése lenguaje tiene una fuerza transformadora.
Cuando uno ama así puede convertir la soledad en compañía, el miedo en confianza y la indiferencia en compromiso.
En un mundo marcado con frecuencia por la prisa, la violencia y la división, el amor representa una forma de resistencia.
Amar significa negarse a considerar a los demás como extraños o enemigos. Significa entender que la vida propia está unida a la vida de quienes nos rodean.
Además, el amor no exige perfección. Por el contrario, se vuelve más verdadero cuando acepta las fragilidades humanas. No consiste en ignorar los defectos, sino en elegir la empatía y el respeto aun cuando existen diferencias. Por eso puede entenderse en cualquier lugar del planeta: una sonrisa sincera, un abrazo oportuno o un gesto de generosidad pueden comunicar más que largos discursos o que cualquier poema.
El tercer lenguaje del universo al que quiero referirme es el silencio.
A primera vista, el silencio puede parecer ausencia: ausencia de ruido, de palabras o de actividad. Sin embargo, es una presencia profunda y altamente melodiosa. En el silencio se escucha aquello que el ruido cotidiano suele ocultar: los pensamientos, los recuerdos, las preguntas y las emociones más íntimas.
Un poeta sabe que el silencio es necesario para comprender las interioridades expresivas de la música, porque sin pausas no existiría el ritmo.
También se hace necesario para amar, porque escuchar de verdad exige dejar espacio para la voz y la existencia del otro.
Una conversación no se construye solamente con palabras; se construye también con atención. Muchas veces, acompañar a alguien en silencio puede ser más valioso que ofrecer consejos apresurados.
En la naturaleza, el silencio revela una dimensión inmensa: mirar el cielo nocturno, observar el mar o permanecer quietos ante un paisaje nos recuerda que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros. No todo necesita una explicación inmediata. Hay experiencias que solo pueden contemplarse de manera silenciosa.
La música, el amor y el silencio son lenguajes del universo porque no pertenecen a una sola nación ni a una sola generación. Todos los seres humanos pueden reconocerlos, sentirlos y compartirlos.
A mi juicio, los tres nos enseñan que, incluso cuando las palabras fallan, todavía existen formas de encontrarnos: escuchar una melodía, ofrecer amor o guardar silencio con conciencia puede acercarnos a los demás y también a nosotros mismos.
📝 Octubre / 2026
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