El fascista que llevamos dentro

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Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas.
Epicteto

Tal como afirmaba el filósofo griego Epicteto (55-135), sólo las creencias sobre mí mismo pueden afectar mi manera de sentir. Independientemente de los que los demás puedan pensar o no de mí, de manera positiva o negativa, solo mis pensamientos influyen sobre mis emociones. En la medida en que creo que mi valor depende de la aceptación de los demás, me vuelvo vulnerable y estoy en riesgo de ser objeto de la manipulación de los demás. Muchas veces, la desaprobación de los demás solo refleja sus ideas irracionales, debido a que no nos desaprueban en base a una conducta específica, si no que tienden a juzgar el valor total de mi como persona, mi “esencia absoluta”.
Podríamos ser conscientes de que tal vez “COMETÍ un error, pero no SOY un error”, de que somos nosotros los que le damos el poder a los demás de desvalorizarnos, al creer que la desaprobación total que hacen de nosotros es verdadera.
Aceptar la crítica es devastador para una persona que basa su autoestima en la aceptación de los demás: El ser humano es imperfecto, aunque podamos mejorar, ser perfectibles, pero creer que una crítica nos desvaloriza como persona es asumir que el autor de la crítica es perfecto y nosotros jamás alcanzaremos ese estado de perfección que se compara con el reino de los cielos en la tierra. De esta manera, nuestro valor depende de la aceptación de los demás y por lo tanto vivimos constantemente ansiosos de obtener nuestro valor y no perderlo, volviéndonos complacientes, obedientes, conformistas y sumisos, y deprimidos cuando perdemos nuestro valor y la aceptación o aprobación de los otros, volviéndonos adictos, temerosos del malestar originado por el síndrome de abstinencia de la falta de aceptación, necesitados del amor de los otros para mitigar nuestro dolor.
La consecuencia es el menosprecio, el autocastigo, las declaraciones de debería de nuestro fascista interior, pensamientos del tipo:” No debería ser tan dependiente de la opinión de los demás” “No debería ser tan vulnerable”, “No debería ser tan imperfecto, si no lo fuera me aceptarían y tendría valor”. Al final, nuestro diálogo interior se convierte en una conversación entre un fascista interior y un esclavo obediente, que debe auto flagelarse constantemente para mantener su sentimiento de valor propio, siendo como ascetas del desierto de nuestro ego, buscando una pureza imposible de alcanzar. El resultado final es que se internaliza el rechazo de los otros y la etiqueta negativa, creándose el estereotipo del ser despreciable que no merece compasión, lo que lleva a la autodestrucción y el resentimiento.
La solución a este laberinto de auto desprecio es la autoaceptación incondicional que trae independencia de la opinión de los demás. Aceptarse como ser humano falible, valorarse por el simple hecho de estar vivo, amando la vida propia y la ajena y en la medida de lo posible, disfrutar de las vivencias creativas que podamos tener junto a los demás. La mejor manera de luchar contra nuestro fascista interior es con sentido del humor, con la ironía de la inteligencia, que observa al personaje autoritario y lo percibe en su infinita ridiculez, como el ser impotente que solo se alimenta cuando le damos poder a través de la negación de nosotros mismos. Reírnos de ese personaje totalitario, moralista de ópera bufa y fariseo, le quitará su poder y recobraremos la alegría de vivir.
Cuando tenemos la actitud del amor propio, los errores se perciben como fuentes de aprendizaje y por lo tanto de fortaleza y crecimiento. La crítica es desagradable pero no devastadora, es soportable para quien admite que no es perfecto y para quien aprovecha la crítica cuando es justa, como una oportunidad para madurar y ser mejor. El amor propio y la autoaceptación incondicional depende de ti.
Si no tienes ganas de ser frustrado jamás en tus deseos, no desees sino aquello que depende de ti.
Epicteto. 55-135. Filósofo grecolatino.

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