Ayer salí a pasear por primera vez desde que el 14 de marzo comenzara el confinamiento, tenía permiso que conste, la imagen que me encontré me produjo un desazón nunca antes sentido, una mezcla de tristeza, pena , miedo, terror y sobre todo confusión.
Es como si estuviera allí por primera vez, cierto es que esas calles las he visto otras veces vacías, pero nunca , nunca con esa luz.
Las he visto vacías de madrugada, cuando todos duermen y aún así, siempre había algún operario de limpieza, algún operario de reparto o algún alma perdida en busca de si misma.
Pero jamás , jamás con esa luz.
Eran las seis de la tarde un 30 de abril de este inolvidable 2020, estábamos a 30 grados, se podía notar como si miles de almas turístas llenaran las calles, pero sin presencia,como si acabaran de haber sido abducidos y todavía quedara su hedor, fantasmagórico, esa es la descripción más acertada.
Mi paseo no se alargó más allá de media hora, incómodo, adaptándome a esta nueva normalidad, esa mezcla extraña de los mínimos humanos con los que cruzaba, aquellos que tambíen tenían permiso y los que no, los que no tienen nada y que necesitan algo. Mala combinación.
Solo la esperanza de ver un niño cruzar Larios en su patinete como si de El Cid se tratara me devolvío la sonrisa y me hizo confiar en que todo pasa y todo llega.
Fotografías de mi autoría.
Calle Larios.
Plaza de la Constitución.
Plaza del Obispo.
Entrada Larios con Constitución.