Cuando era muy pequeña
recuerdo que me aseabas
y me dijiste: “Hija, ojalá algún día puedas hacer lo mismo por mí.”
Bendito Dios, que me trajo esa oportunidad de hacer lo mismo por ti.
Triste para ti, porque apenas podías moverte
pero bendito para mí
porque pude devolverte algo de lo que me diste
durante toda tu vida: amor, cuidados
y tu infinita entrega.
Hoy es uno de esos días en los que no dejo de pensar en ti,
tus imágenes parecen poblar todos mis pensamientos
y tu amor embarga mis emociones
quisiera tenerte cerca, muy cerca
estrecharte entre mis brazos
o esconder mi cara en tu regazo y contarte todo lo que siento,
mientras tomas un cepillo y me peinas con una mano.
y con la otra, acaricias mi cabello.
Vuelvo a aquellos días en los que tomaba tu mano,
nos echábamos en la grama y tú me escuchabas
mientras te contaba de amores, risas y llantos.
Escribiendo estas palabras para ti,
mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas.
A pesar de que decidiste volar alto y convertirte en ángel.
A pesar de saber lo cansado que tu cuerpecito frágil ya estaba,
mi corazón egoísta quería tenerte cerca de mí,
pero en éste triste momento entiendo,
que lo mejor era que tus ojitos
se cerraran para siempre,
que ahora me miraras con el alma
y que no tienes que tocarme para que pueda sentirte,
Sé que has cumplido, lo que prometiste,
la vez que me enseñaste a andar en bicicleta,
dijiste: "Nunca soltaré tu mano, hija".
Así ha sido, sé que aún tomas mi mano, mami
y sé que me esperas en la última página de nuestro libro”
.