"Nota escrita en la pared de la habitación 101"

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"Nota escrita en la pared de la habitación 101"

I.

Salinger no encontró el silencio:
lo construyó un día magnífico con amor y escualidez,
con la boca reseca de no besar a los suyos,
con el polvo de las botas que no pisaron más Europa.

Treinta años sin publicar son cicatrices
de sus criaturas que ya podían crecer sin él,
volverse más intensas que cuanto las trazaron sus dedos,
más vivas que su mano cuando aún intentaba el relato.

New Hampshire no era un templo:
era un pozo donde se miró hasta que el reflejo
dejó de ser suyo, y el jardinero que podaba los rosales
no sabía que bajo las raíces, más abajo,
yacía el soldado que vio Dachau
y escribió El guardián como quien entierra una carta
que nunca llegará a su destinatario.

II.

Diógenes no rompió la vasija por asombro:
la rompió porque el niño que bebía con las manos
le devolvió la imagen de su padre
midiendo aceite en Sinope,
oliendo a negocio, oliendo a celda que espera.

"Que te apartes de mi sol" no fue soberbia:
fue el gesto de quien ha visto
cómo el poder se sienta en la sombra de los demás
y les llama privilegio.

El tonel no era libertad:
era una vértebra al revés,
un útero de madera que nunca pudo parir.

III.

Pizarnik no oyó pájaros en la nuca:
oyó el roce de sus vértebras contra el diagnóstico,
y fue al psiquiatra no a buscar metáforas,
sino a pedirle una dosis que la durmiera
más allá de la lengua.

La jaula no se hizo pájaro:
la jaula era su pelvis,
y el vuelo, una cápsula naranja
que no la elevó, sino que la hundió
en el único silencio donde ya no hay palabra.

Su lucidez fue una cuchilla
que cortaba siempre hacia adentro,
hacia el único lugar donde aún podía
sentirse dueña de algo.

IV.

Panero no escribió entre muros para derribarlos:
escribió porque los muros ya estaba,
porque su tinta era el sedimento
de las pastillas que le daban en el psiquiátrico.

Sus versos no eran llaves:
eran uñas contra la pared,
y los cuerdos que los leyeron en las antologías
los convirtieron en exotismo de sobremesa,
en prueba de que el arte absuelve el sufrimiento.

Su genio fue el síntoma,
y su síntoma, la única biografía
que le permitieron conservar.

V.

Pero el verdadero desvío —el que no tiene número en este expediente—
no es el que se retira, el que rompe,
el que escribe o el que se ahorca.

Es el psiquiatra que receta sin mirar los ojos,
el editor que encuaderna el dolor de Panero
y lo vende como "poesía fronteriza",
el crítico que coloca a Pizarnik en una balda
y la llama "tenebrosa" para no decir "incomodidad",
el lector que aplaude a Salinger
pero nunca pregunta por qué dejó de hablar.

Esos son los desviados funcionales,
los que han aprendido a cohabitar con el absurdo
como quien se acostumbra a una casa con humedades.

Su cordura es la patología más grave:
la que no duele,
la que no se escribe,
la que no se interna,
la que sigue firmando nóminas,
la que sigue dando másteres,
la que sigue diciendo "todo bajo control"
mientras el mundo arde en sus propias cenizas.

VI.

Pero el desviado de verdad —el que aún no tiene diagnóstico—
no es el que ve el espejo roto,
sino el que no puede dejar de mirarlo
y sabe que el reflejo es él,
pero también es el carnicero, el juez, el catedrático, el sacerdote,
el que redacta las leyes, el que ajusta las dosis,
el que dictamina "esto es poesía" y "esto es basura".

Ese desviado —el que escribe esto, el que lo lee ahora—
sabe que la verdadera anomalía
no es el grito, sino el silencio de los demás;
no es el encierro, sino la libertad con código de barras;
no es el poema, sino el premio que lo amortigua.

Y cuando el número se cumple
—cuando el frasco se vacía, cuando la tableta hace su trabajo,
cuando el verso se convierte en lápida—,
el desviado sonríe,
pero no por iluminación:
sonríe porque ha comprendido
que la cordura del mundo
es solo el nombre más pulcro
para el más vasto de los manicomios

VII.

Ahora, tú que lees esto desde tu celda con wifi,
desde tu jaula con auriculares,
desde tu tonel de alquiler con derecho a terraza:
no busques al desviado en el espejo.

El desviado es el que diseñó el espejo,
el que instaló la luz,
el que cobra la entrada al museo.

Y tú —con tu poema a medio cocer,
con tu expediente a cuestas,
con tu mano que aún vacila al firmar el contrato—
tú eres el celador y el preso,
el muro y la uña que lo desgarra.

Porque el manicomio no tiene puertas:
tiene poemas que lo canonizan,
tiene lectores que lo celebran,
tiene un mercado que lo cotiza
y dioses que lo bendicen en todas las religiones.

Y el loco verdadero
no es el que ve la fractura:
es el que se instala en ella
y espera a que el poema se acabe
para empezar, por fin, a existir.



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