Una de muchas veces que he visitado a mi amigo campesino que vive en las afueras de la ciudad, me encontré al llegar que no lo conseguí en la casa, de modo que supuse que estaría alimentando a los animales y tras dejar mi morral en el lugar fui a buscarlo.
Lo conseguí, pero no haciendo las tareas que supuse sino parado frente a un árbol seco de limón que estaba sin hojas y supuse estaba muerto.
Algo que me llamó la atención es que hablaba con él, le decía palabras como “tú nos haces falta” “Eres importante” o “Sé que luchas por no morirte”
Intenté interrumpirlo y me calló con un gesto de su mano.
Me hizo recordar a la película Avatar donde todos adoraban al gran árbol y me dije mentalmente que si yo hiciera eso en algún parque o lugar de la ciudad de seguro me llevarían al manicomio.
Unos minutos después terminó su monologo y acercándose me dijo.
-Pietro, los árboles son seres vivos y aunque no pueden hablar o no conocemos la forma de comunicarnos con ellos si nos escuchan y sienten cuando son amados por nosotros, ese limonero, aunque parezca ya muerto no lo está, lo sé por experiencia, por alguna razón que desconozco perdió sus hojas y su tronco se secó, pero sigue vivo, luchando por reverdecer.
-Yo no sé mucho sobre árboles, pero lo veo seco.
-Una cosa es seco y otro muerto, ven.
Me llevó hasta donde estaba el árbol y trató de romper un ramito fino.
-Como podrás ver no se rompió porque no está seco completamente y mira la base, aún hay un cierto color en la misma.
Lo hice y no vi nada de lo que me decía, pero preferí callar, al fin y al cabo, no iba a ser yo quien le rompiera las esperanzas que tenía que el árbol reviviera y en el fondo estaba seguro que no lo haría.
Generalmente lo visito los domingos ya que de mis tres trabajos solo el de la pizzería realizo ese día y una vez al mes quedo libre del mismo exactamente ese día, por lo que como un ritual me voy hasta allá y duermo en el lugar.
El Domingo pasado cuando llegué y tras tomarme una taza de café familiar, ya que para mi amigo no existen medidas pequeñas de este líquido, este me dijo.
-Ven para enseñarte algo.
Salimos y tras caminar un rato fuimos hasta el limonero que juraba estaba muerto y con gesto de niño que ha logrado que le regalen el juguete que deseaba me lo señaló.
-Mira.
Aunque el árbol seguía seco ya tenía algunas pequeñas hojas verdes y en la base crecían pequeños ramitos.
Quedé sorprendido y confuso, tal vez al final ciertamente eso de hablarle a los arboles funciona y me viene a la mente la abuela de un amigo de la secundaria que tenía como ritual hablarles a sus rosas mientras las regaba y echaba conchas de papa en los grandes materos de barro donde estaban plantadas.
La naturaleza tiene cientos de formas de comunicarse con nosotros y quizás cuando estemos preparados para poder comunicarnos con ella, podremos cambiar nuestros hábitos depredadores y ser una humanidad diferente.
Fotos tomadas al limonero de la historia
Hablarle a los arboles | Ecency
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