Necropsia, parte I (No apto para impresionables)

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Nota del autor: no recomendado para personas impresionables, es un escrito algo oscuro.

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Necropsia



Contrariedad médica no hacía falta, la notoria irresponsabilidad se veía reflejada en sus actos inconscientes. El daño era profundo, complejo y permanente, verlo recostado aguardando la muerte en el féretro blancuzco significaba la pérdida de mi capacidad de amar. La ropa blanca lo empalidecía más aún, su piel había adaptado las características propias de la porcelana, sumamente clara y fría.


Carcomía sus últimas fuerzas en intentar balbucear palabras que comprendieran y minimizaran mi dolor, pero era inútil, tanto como intentar encontrar la cura a la devastación interna que sufría. La tristeza se reflejaba con creces en sus pequeños y maltratados ojos, cada parpadeo significaba un nuevo dolor clamando finalizar con aquella persona tan preciada.

Y tan rápido como su vida había sido concebida, estaba acabando a causa del mismo cáncer por el que otros millones de personas se encontraban muriendo alrededor del mundo, quizás en mejores o peores condiciones que mi compañero. Era suficientemente devastador observar cómo yacía en esa cama incómoda aguardando el oscuro presagio de la muerte acercándose a cada instante.

El rótulo de su vida se limitaba a recuerdos, nada satisfacía sus insaciables ganas de vivir… De hecho, era imposible hacerlo. Cada instante era transformado en un paso más cerca del abismo final, del muro descolorido y pútrido al que debería enfrentarse cuando estuviera lo suficientemente débil como para seguir oponiendo resistencia.

El instante menos esperado, su vida cesó dejando atrás todo atisbo de felicidad y momentos gratos, el día se tornó aún más gris a pesar del rebozante sol que regocijaba con gracia el verdor alentador de los jardines. Me era imposible pensar que me había abandonado por completo, que su voz sería un mero recuerdo del triste pasado y que sus abrazos formarían parte de la nebulosa pétrea que comenzaba a invadir mi mente.

Observé cómo las facciones que antes consideraba hermosas se veían opacadas por el leve manto invisible y repulsivo de la muerte. Anhelaba tanto ahogarme en él, despertar de tan horrible pesadilla y volver mi mente a donde debería estar, en vez de avocarme a llorar por lo que no tendría que haber ocurrido.

Recuerdo ese día tal como si hubiera sido mi propia muerte, aunque aún ahora comienzo a dudar si en realidad no lo fue. Las sonrisas eran cuestiones del pasado, el cariño y la calidez fueron brutalmente reemplazadas por la sombra de su persona, era inevitable dejar recaer el peso de la culpa sobre mis propios hombros.

Cuando aún seguía yaciendo en su lecho de muerte, pude observar cómo los inútiles vestidos de blanco lo trasladaban dentro de una sala tan agobiante que si no conservaba mi sentido de la ubicación, hubiera pensado que se trataba de la sala de un neuropsiquiátrico. No conocía la razón de la movilización del cuerpo muerto, tontamente pensé que se trataba de una habitación en la cual podían revivirlo ante el desespero de recordar que no estaba más junto a mí.

Tras preguntarle a una enfermera despistada que transitaba el mismo pasillo en el que me encontraba, logré enterarme que la necropsia le iba a ser realizada allí mismo, a unos pocos pasos de mi paradero. La impotencia se presentó en forma de lágrimas y de grito contenido, no iba a permitir que lo destriparan con frialdad para inspeccionar lo que ya se conocía.

Corrí a las puertas del destino tan pronto como recuperé la capacidad de movilizar mis pies y allí estaba, el poco alma que aún conservaba se desvaneció tan rápido como mi cerebro fue conciente de las imágenes que se procesaban. La violencia con la que su piel era cortada me revolvió el estómago y un fuerte mareo se apoderó de mí.

Aún así, seguía parado en el umbral espeluznante observando cómo maltrataban el cuerpo que alguna vez amé. Nadie ofrecía impedimento para que mi vista se desviara, comenzaba a pensar que los médicos forenses ignoraban que alguien más estaba presenciando dicha tortura ocular. Con pasos dudosos me acerqué a beber la imagen absorta que me era brindada, la demencia se encontraba a mi lado, podía sentirla.

Su antigua forma física aún yacía en su lecho de muerte, la camilla se encontraba embadurnada por la sangre que caía a tientas dándole un aspecto grotesco y deprimente. Un corte vertical estaba siendo realizado, la fría brutalidad con la que su piel era atravesada por la navaja desdentada me provocaba náuseas. La neurosis me acompañaba fielmente, todo atisbo de felicidad sería recordado como un mero recuerdo del pasado ahora que los deseos de que todo aquello fuera la más horrenda de las pesadillas estaban destruidos.

El destripador insertaba sus manos sin temblor alguno y comenzaba a inspeccionar cada mísero órgano sin dar lugar a la vacilación ni a la involuntaria penuria que me encontraba viviendo. Retiraba sin compasión cada miembro de su cuerpo, sus manos ensangrentadas se dirigían con cierta violencia y frente a tales imágenes comencé a dudar de mi propia fuerza.

Por propias deducciones, el aspecto del rostro del médico no denotaba sorpresa absoluta. La putridez permanente formaba parte de su interior hace ya bastante tiempo, la enfermedad terminal había causado un cuadro deprimente terminando en consecuencias dolorosas, como la completa disección de mis sentimientos al recordar que él ya no pertenecía a nuestro mundo.

Comenzó a retirar los órganos que componían su sistema digestivo, en ese momento era claro que el cáncer había sido una terrorífica catástrofe para las células ya muertas. Quitó un desparpajo deforme que simulaba ser el estómago, la viscosidad junto con el tamaño reducido que presentaba podía ser confundida con un cuadro de anorexia nerviosa si no se conociera la ideología y forma de vida del flamante difundo.

Largos tubos delgados representaban sus intestinos, al examinar con detenimiento y atención se podía observar la sangre coagulada que colgaba en forma de hilachas finas por las débiles rendijas creadas en la superficie. Una masacre sanguinaria y repulsiva parecía haber sido la principal causa de la destrucción intestinal existente, el panorama se presentaba trágico y con una tendencia suicida en el ámbito físico. El enredo indescifrable se escurría por las manos del encargado y lo obligaba a dejar de lado la delicadeza ya olvidada, la aberración suponía dejes asquerosos y me provocaban arcadas.

Una masa deforme y oscura era levantada con suma cautela, de ella una sustancia color ámbar caía en forma de densas y espesas gotas, lo grotesco había jugado un papel importante en el desarrollo del último tiempo. No creía que lograría presenciar el destripamiento de mi alma gemela y aún así ser lo suficientemente masoquista para anhelar con desespero más imágenes que alimentaran mi morbo. El hígado se desplomó pútridamente sobre la mesa apenas fue apoyado, los líquidos que contenía se dispersaron con dificultad hasta invadir el mayor terreno posible dejando un pestilente aroma a su paso.
Incorporando el filo de la navaja en el correr, la mano del médico se deslizaba a lo largo de su cuello, haciendo que se moviera escalofriantemente a causa de la inercia. Al quitar con suavidad inexistente el frágil esófago, la destrucción aportó ayuda y más de la mitad de aquel túnel transitorio de alimentos se vio fraccionado en secciones, una presentando un grado mayor de enfermedad que la otra.

La necesidad de imágenes masoquistas había concluido mientras se encontraba siendo reemplazada por el dolor expresado en forma física. Las lágrimas caían sin piedad por mis ojos, su rostro inexpresivo y carente de conocimiento de tal masacre me incitaba a querer abrazarlo por última vez, sin importar que estuviese hueco por dentro y que la sangre escurriera a caudales involuntarios por su tersa piel.

La expresión del médico forense se vio severamente afectada, la paz había sido derrocada por el desasosiego y la incredulidad. Dubitando de forma persistente intentaba encontrar una respuesta para los balbuceos inaudibles e ilógicos que aclamaban ser develados. Levantó la vista con precisión imperceptible, dejó el ínfimo cuchillo a su lado y con la incertidumbre reinando en su rostro pronunció las palabras que lograron que mi sangre se transformara en hielo…

— Este hombre… no tiene… corazón— comentó mientras sus ojos inspeccionaban con lentitud cada centímetro de su despellejado pecho.

Palpaba con cuidado cada zona en la que posiblemente el órgano se camuflara con las lagunas pétreas de sangre coagulada, pero su búsqueda no dio resultados exitosos. El afán de conocer cómo había vivido dicho ser humano sin el aparato vital estaba acaparando completamente los pensamientos del profesional, comencé a creer que tan sólo estaba absorto por la escena que se había estado desarrollando pero finalmente ante la frialdad de las palabras comprendí que el asunto era aún más serio de lo que yo deducía.
No se encontraba en condiciones de analizar causas de tal cadáver en esa sala precisamente, en un rápido balbuceo le indicó a su asistente que lo siguiera, conforme hice yo. La velocidad se encontraba en un estado máximo, el viento que los acompañaba parecía envolverlos en una mística cabina y, en conjunto, la camilla recibía todo tipo de miradas incesantes y rebosantes de sorpresa y repulsión. No los culpaba, yo también me hubiese sentido del mismo modo si un cuerpo a medio desmembrar se cruzara delante de mis narices sin miramientos.

A pocos pasos de una nueva sala, el médico se detuvo en un estremecimiento que causó pavor y las débiles ruedas de la camilla chirriaron de forma amenazante por la inercia. Vaciló en sus pasos, sus actitudes necias lo delataban con furor, cayó en las redes de una nueva confusión alimentada por el desamparo de tal acertijo indescifrable. Creyó que quizás el corazón había sido retirado en un acto previo a su intervención, pero sus respuestas fueron abatidas por el recuerdo de haber cortado firmemente la piel con la navaja desdentada.

Luego de unos cortos instantes de una corrida desesperada, ingresamos en una sala un tanto peculiar. Largos pasillos se podían divisar desde la puerta, las estanterías altas acaparaban la atención apenas uno lograba ingresar a través del reducido portal y el cinismo reinaba en el ambiente con un deje de agonía instaurado a la fuerza. Corrompía mi mente, intentaba visualizar qué era lo que yacía en los polvorosos estantes, pero todo esfuerzo era en vano, la oscuridad cegaba mis ojos.

A tientas examinaban los diferentes frascos que se apoyaban con malicia sobre las pútridas y desvencijadas repisas, con cierto desespero brotando a caudales irracionales por los poros de su piel intentaban encontrar lo que desconocían, la negligencia estaba en su contra. Se desplazaban con la rapidez innata de la mismísima velocidad, añorando que la incógnita encuentre su trágico final.

La curiosidad me invadió, me acerqué a uno de los gigantes y sucios pedestales para contemplar qué causaba tanto revuelo y descontrol en aquellas dos personas, pero el arrepentimiento no tardó en surgir apenas mi vista tocó los débiles destellos traidores que los múltiples contenedores cristalinos ofrecían.

Algún órgano descompuesto en su totalidad flotaba con el reflejo de la podredumbre marcado a fuego, reconocer de qué se trataba era un atentado a la lógica. La viscosidad y la pesadez del formol dejaban a la luz qué tan añejo era, corrompía los esquemas de la bizarría y de lo grotesco mientras que acompañaba el agudo sentido del asco que me invadía. Un súbito pensamiento calcinó mi mente, ¿Acaso intentaban encontrar su corazón aquí, entre los diversos desperdicios humanos?




Proximamente, parte dos!
Es un poco fuerte, pero

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