No hables, o te mueres por
@pelulacro
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Joaquín esperaba en su lujosa camioneta frente al edificio donde residía su asistente administrativo, la hermosa Isabella. Solía subir a su apartamento cada vez que salían, pero esta vez, cuando la llamó, la mujer le dijo que estaba lista y bajaría rápidamente a su encuentro. Joaquín llegó, estacionó y no apagó el motor de vehículo. Estaba emocionado como cada vez que salía con esta joven mujer, excepcionalmente bella y agradable. Luego de cenar en un lujoso restaurant o disfrutar unas horas en la discoteca, regresarían al apartamento de ella para dar rienda suelta a sus pasiones. En fin, su esposa creía que estaba en reunión o en viaje de negocios, que eran las excusas habituales.
En pocos minutos repasó los acontecimientos más importantes de las últimas semanas: obtuvo la camioneta, luego de la firma de un importante contrato suscrito con el Ministerio de la Defensa para importar y distribuir lujosos vehículos japoneses y europeos para los oficiales, altos personeros del gobierno y allegados. La relación de negocios con el Viceministro había sido una bendición para su situación como empresario que, por más de veinte años, regentó un pequeño negocio de compra y venta de vehículos.
No le iba mal, pero esta relación con el alto oficial lo catapultó a los grandes negocios. Pasó a jugar en las grandes ligas como dicen en la calle. En menos de un año tenía un nuevo local con oficinas, un amplio espacio de exhibición, la venta de repuestos y un taller con técnicos y mecánicos especializados donde solía acudir una selecta clientela de los nuevos ricos que no reparaban en gastos. El día que inauguraron el nuevo local, en el último nivel del sótano de un centro comercial, ofrecieron un brindis al cual asistieron el viceministro y otros altos funcionarios del régimen. El general le dio un abrazo y lo felicitó, “este es un enorme paso en tu carrera empresarial, te convertirás en un hombre muy rico, pero debes ser muy prudente, no exageres en discursos y gastos, y sobre todo no hables, nadie debe saber cómo subiste a este peldaño, ni tu esposa debe saber de mí, ni quiénes son tus socios, ni con quién haces negocios, no hables o eres hombre muerto”, le dijo riendo, dándole palmadas en el hombro, y Joaquín también sonrió lleno de júbilo, porque creyó que era una broma.
En esa evolución empresarial de Joaquín, de seis empleados que tenía en su negocio anterior, pasó a dirigir a casi treinta personas, entre hombres y mujeres, muchos de ellos con amplios conocimientos del mundo del negocio automotriz dentro y fuera del país, en ventas y servicios; casi todos recomendados por el Viceministro, entre ellos Isabella Celli, joven profesional de 29 años, con credenciales y experiencia en administración, contabilidad, viajes al exterior y pleno dominio del inglés y el italiano.
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Esta elegante dama, a sus 20 años, fue candidata en un conocido concurso de belleza, internacional, representando al país y hoy a sus 29 años, lucía en el esplendor de la juventud y de su belleza cautivadora, soltera, con carro último modelo, vivía sola en un lujoso apartamento en el este de la capital.
Cuando Vicente Borelli, ahora viceministro, se la presentó a Joaquín le dijo delante de la joven, “no le hables de amor, no te enamores de ella, o eres hombre muerto, ella solo debe ser tu gerente ejecutivo, Isabella es muy especial para mí”. Joaquín rio de buena gana porque lo tomó como una broma. Isabella no solo resultó ser una excelente asistente, era la conexión con su socio, su mano derecha en el negocio y la experiencia más apasionada de su vida pues en pocas semanas se enamoró y ella se convirtió en su amante; a sus 50 años se consideraba un hombre afortunado. En su mente buscaba la forma de consolidar una relación abierta y estable con ella, dejar la familia para formar otro hogar con Isabella.
En esas cavilaciones estaba cuando un hombre tocó el vidrio de la ventanilla con la punta de una pistola de gran calibre. El hombre fornido, vestía un traje similar a los que usan los funcionarios de los cuerpos de seguridad del Estado, llevaba puesto un pasamontañas y tapabocas.
-¿Qué se le ofrece?- Preguntó Joaquín.
-No hables, o eres hombre muerto- Respondió con energía el del pasamontañas.
Joaquín se sorprendió no tanto porque el desconocido le apuntara con un arma, sino que le pareció conocida la frase. En segundos perdió su feliz estado de ánimo y se sintió confundido. Sintió miedo y no sabía qué hacer o decir.
-Entrégame el celular y la cartera; pásate al asiento del copiloto y no hables- Ordenó enérgicamente el desconocido uniformado.
-Está bien, no te molestes, puedes llevarte la camioneta, cargo suficiente dinero efectivo, te lo daré todo, el reloj, la cadena y mi anillo que valen unos cuantos miles de dólares- Habló viendo a los ojos del funcionario que lo apuntaba con su arma; mientras se quitaba el cinturón de seguridad intentó abrir la puerta para bajarse. El hombre apuntó.
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Joaquín no alcanzó a abrir la puerta: vio el fogonazo que lo encandiló y el estallido del vidrio en miles de pequeños pedazos que impactaron su rostro. El disparo a quema ropa lo dejó instantáneamente sordo, muchos trozos del vidrio se incrustaron en su cara y cuello y su espalda ya ensangrentada rebotó bruscamente en el espaldar del asiento; en segundos sintió que el centro del pecho ardía en fuego, en un dolor paralizante, y se llenaba de un líquido que dificultó su respiración; la vista se le nubló, sintió en la náusea el olor y el sabor de la sangre que llenaban su boca y nariz mientras orinaba en sus pantalones. En esos cinco segundos no pudo hablar; sus ojos se cerraron llenos de lágrimas y no escuchó el segundo disparo que atravesó sus sienes.
El hombre del pasamontañas cruzó la calle y abordó un vehículo estacionado en la acera del frente, donde esperaba otro sujeto al volante, también con pasamontañas, en una lujosa camioneta negra sin placas que arrancó en veloz carrera.
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