¡Hola, compañeros de Steemit! Con mucho gusto dejo en sus manos para su atenta lectura este texto inédito. Espero que sea de su agrado.
Sagradna
Salgo del camino que conduce a mi torre y entro con paso firme a las veredas oscuras, avanzando más en el sendero que conduce hacia el Valle del Quo. Por este rumbo que conduce al misterio voy al encuentro con mi adversario, pero también hallo aquí los recuerdos vagos y confusos de otras mujeres idénticas a mí dentro de los espejos encontrados de la noche. Aunque tropezándome con las raíces y enredándome con las lianas secas y las ortigas, avanzo. Sigo adelante acompañada de mis serpientes entre las sombras de los árboles. Tal vez huyo. Sé que soy perseguida mientras la luna lívida emite rayos de un color pálido y viscoso sobre el campo. La brisa me enfría los huesos, pero sigo escuchando mis pasos bien apretados entre la oscuridad y el sobresalto. El aire trae olor a resinas, a algas, a jazmín. Para llegar a la laguna donde siempre encuentro a mi adversario debo seguir, invariablemente, la dirección de la corriente del río Pi, me digo.
Entre la opacidad del follaje y la visión pletórica de incalculables estrellas que ya no giran en el pozo del cielo, lo espero. Estoy familiarizada con el brillo del firmamento porque mi padre me regaló el mapa celeste y su astrolabio; y mi madre me heredó su rueda espiral hecha con la sustancia del éter. Mis padres ─y los padres de mis padres─, vinieron de las alturas, por eso sé que es en aquella bóveda donde se labran todas las ilusiones que encandilan en esta tierra. Pero ahora mi destino está aquí, mis sierpes se han alborotado delatando su presencia. Lo veo acercarse desde el fondo de la oscuridad, atravesando el puente que une las aguas. Él llega, el poseedor de la máscara, se detiene a contemplarme con su mirada fascinada y descubro en el fondo de sus órbitas una estancia profunda de donde nunca se vuelve. La máscara está ante mí, me ha seguido a través de todo el territorio.
Me toma mansa de las manos, me conduce a una iglesia muy básica edificada en la otra orilla, fundada en piedra y barro, y abre las puertas batientes para dejarme ver el colorido vitral del fondo donde una lámpara turbia se agiganta en el devaneo de las llamas. Ella me lleva hasta el centro del altar donde hay un tálamo de sábanas áureas y perfumadas, estampadas con coronas de laurel. Sobre el lienzo me acuesta suavemente, cierra mis ojos y desaparece por un tiempo mientras escucho la melodía de un órgano que ahoga por completo el sonido de mis cascabeles. Cuando abro los ojos me observo allá arriba, en un laberinto de espejos que forma el cielo de la cama, entre un tumulto de libélulas ingrávidas que retozan girando alrededor del fuego por breves instantes antes de entrar a reproducirse en el infierno.
La máscara vuelve iluminada por el fulgor de una navaja. Se acuesta conmigo en la cama. En silencio me desnuda y se desnuda en el lecho que cruje por el peso de nuestros cuerpos. El demonio me acaricia con su mirada pero no se detiene mucho tiempo ante mi piel, me besa en los labios de manera sutil como iniciando una misa y luego pasa el filo de la cuchilla sobre mis senos, toca mis pezones que se aterran, endurecen y en la penumbra se excitan, rebasa mis huesos y sigue avanzando, rompiendo, cambiando el tejido ulterior de mi sangre. La entidad se esfuerza por calentar bien mi licor, toma de mis copas, muerde mi pan delirante con los dientes de su boca y sacia su lengua trémula. Mi corazón acrecienta sus latidos. Ella enuncia mi nombre en una lengua desconocida, humedece mi paladar con una fuente de venenos, con madrigales del desierto alimenta mis oídos, con sus estigmas entra a mis pupilas donde se hospeda un caos de insectos.
Estoy desnuda sobre espejos que reflejan arriba los espejos y recorro ilusorios laberintos que recluyen otros laberintos de espejos que entrañan laberintos de laberintos y por todos ellos la máscara me acecha. Cuando me veo extraviada en mi conciencia por el peso de vagar con tantas evocaciones siento el puñal cerca del vientre y mis caderas se ensanchan para resistir el tormento. Me hace saltar de dicha cuando pone sus labios en mi oído y me dice ven, ven, me suplica, al borde de la embriaguez. Dice mi nombre pero también dice otros nombres inauditos para mí y mi piel se espelusca, los vellos de mi cuerpo se convierten en minúsculos archipiélagos por donde navegan agitadas las naves del naufragio. La humedad de mi cuerpo evapora agua salada. Las manos me sangran de gozo. Mi corazón palpita desde mis pies a mi cabeza. Mi soledad, desarropada, arde de exaltación en la medida en que creo percibir en la máscara una sonrisa triste (aunque ella cuida de llevar en todo momento su rostro oculto detrás del antifaz). Tanto dolor y tanto placer me hace temer y desear al mismo tiempo no regresar nunca más a mi torre.
La ávida entidad abre mis labios ventrales e introduce con rítmico furor la raíz de un fruto encarnado al mismo instante que pregunta: ¿Quién soy? Siento cómo se entierra un lirio orondo en lo profundo de mi garganta y mis flujos asisten a regarlo. Mi sierpe pitón despierta, proyectándose rígida ataca en el festín con sus filosos colmillos al tallo. Yo miro cómo el demonio me posee en lo alto del techo como aquel insecto que fenece entre las pinzas del fuego. Él clava sus uñas en mi espalda, aprieta más, más fuerte para demostrar su poder y en ese momento escucho cómo salen de su letargo todas mis serpientes. Luego el ángel sube sus dedos sobre mi cuello y lo acaricia dócil, lo va cubriendo con los cuencos de sus manos y prensa duro, yo inspiro tratando de retener la mayor cantidad de oxígeno en los pulmones. Toso. Me estremezco. Nuestro sudor encharca las sábanas. Mi cuerpo se arquea y las manos del demonio, en un juego de contrarios, me lanzan como una flecha hacia la inconsciencia.
Rompiendo el hilo fino de la frágil línea, en el punto de quiebre que separa la ascensión de la caída, asisto al nacimiento errante de los relámpagos. Su luz cegadora me lleva de vuelta al río Pi, de donde veo salir a una impúber que me extiende sus brazos, juega con una rueda espiral amarilla y negra que da vueltas en sus manos. A medida que la rueda gira, va saliendo de las aguas, se transforma en un recuerdo muy lejano, en un olvido que crece. La creo reconocer al acercarse, se parece a mi madre aquella mujer sin fronteras que viene a través del frío infinito, también es mi padre que al percatarse de mi ausencia ha salido a buscarme y anda encrespado detrás de mis pasos. A ratos es una dama muy vieja, ajena, que emerge de las sombras ordenándome voltear cada cierto tiempo hacia los horizontes pasados. A ratos tiene el rostro de mis víboras. Ella hace graduales transferencias del pasado al futuro delante de mí y ahora es una virgen cubierta de pétalos y espinas, sin edad alguna, que trae una rosa mística entre sus piernas. Cuando me asfixio busco abrir mis labios para dar el último suspiro y siento el aliento vital de la máscara dentro de mí; y ese soplo anticipa la resurrección. Entonces se precipita una lluvia lenta y pausada pero después el vendaval se agita en todas las direcciones, adentro y afuera, arriba y abajo, el río se acerca y llega trayendo un desorden pletórico de espasmos ─y olores de especies─ en el amanecer del Valle del Quo. Llega el estruendo torrencial que lo inunda todo. Llega el caudal al santuario inundando el otro lecho, desclavando los vitrales. La iglesia se estremece hasta sus cimientos. En el rito perenne descubro la pugna de la vida y de la muerte, en la cual Ʊ y Ω se cierran, se complementan, se extinguen. Soy tu aliado en este juego para siempre, responde.