Ya caía la tarde y los rayos del sol desaparecían poco a poco entre las ramas de aquel denso bosque. Algunos animales nocturnos abandonaban sus guaridas para iniciar sus actividades. El aire era pesado y húmedo; un cielo enrojecido y algunas nubes presagiaban la tormenta que se avecinaba.
—Clay, ¿estás seguro de que este es el camino correcto? No recuerdo haber visto esos árboles.
—Tranquilo, Alfred. Yo sé lo que hago; vamos por buen rumbo.
Everclay, al que todos llamaban Clay, no lo admitía, pero la verdad, se sentía un poco perdido, Alfred, en cambio, callaba el verdadero motivo de su nerviosismo: le asustaba ser atrapado en la oscuridad del bosque.
Mientras avanzaban abriéndose paso con dificultad entre los árboles y arbustos que les cerraban el paso, el viento cambió de dirección y sopló con fuerza. Una lluvia torrencial comenzó a caer implacable, mientras la oscuridad de la noche crecía con cada minuto.
—¡Ya no puedo más, Everclay! Necesitamos encontrar refugio; estoy helado hasta los huesos.
De pronto, Alfred miró hacia la derecha y, alzando un poco la vista a través de un espacio entre dos grandes robles, divisó a unos cuatrocientos metros la silueta de una especie de estructura, enmarcada por los últimos rayos de luz del ocaso.
—Mira allí. ¿Lo puedes ver?
Clay tuvo que hacer un poco de esfuerzo; su vista ya no era la misma que hace unos años.
—¿Dónde? No logro ver nada con esta lluvia.
—Allí, entre los árboles.
—Sí, ya lo veo. Debemos apresurarnos. Vamos.
Les costó un poco atravesar toda aquella maleza en medio de la lluvia y casi se pierden por la oscuridad que se cernía sobre ellos, pero lograron llegar hasta el claro.
—Parece un viejo castillo abandonado —dijo Alfred.
—Gracias a Dios. Al fin un poco de suerte: estamos salvados.
Mientras se acercaban a la entrada, Clay notó algo extraño.
—En esa ventana hay luz.
—¿Qué dices, Clay? No veo nada. Creo que el cansancio te está afectando.
—Sí, puede ser. En fin, entremos; ya estoy harto de esta lluvia.
El castillo parecía deshabitado desde hacía unos años. El moho en las paredes y las goteras en el techo hablaban por sí solos, aunque a su vista debió de ser un lugar muy lindo para vivir cuando aún era habitable. Un amplio pasillo engalanado con cuadros de artistas para ellos desconocidos conducía desde la entrada hasta el salón principal. Allí, un gran espacio rodeado por siete estatuas de caballeros, talladas con tal precisión que parecían tener vida, sostenían el techo. Una gran escalera del más fino mármol se alzaba entre las dos estatuas principales y conducía a los pisos superiores. Junto a la escalera había una antorcha encendida.
—¿Una antorcha encendida?
—¡Clay, allí esa también se encendió! ¿Qué está pasando? No entie…
—¡Cuidado detrás de ti!
Alguien o algo —no habrían sabido definirlo con palabras— apareció detrás de Everclay como si su cuerpo tomara forma de la nada.
—Quien osa perturbar mi casa —dijo la criatura, con voz áspera e intimidante.
Alfred, tembloroso, alzó la mirada mientras trataba de calmar sus nervios. Quiso hablar, pero ningún sonido consiguió escapar de su boca más que algún tartamudeo mudo.
—N-no… no quisimos molestar… solo buscábamos refugio —respondió Clay.
—Vaya, vaya. Si no son más que un par de humanos. Hacía más de un siglo que no veía a uno de su especie. Qué oportuno: comenzaba a aburrirme en este lugar. ¿Qué les parece si jugamos?
—Ya nos vamos. No queremos problemas —dijo Clay mientras recuperaba la compostura y trataba de levantar a Alfred del suelo—.
—¿Irse? Qué gracioso. La puerta de entrada ya no existe para ustedes. Pero no todo está perdido: me divierte ver cómo se esfuerzan por querer dalir. Juguemos.
—No queremos jugar. Solo déjenos ir y no lo seguiremos importunando.
—¡Silencio! Las reglas son sencillas, y las explicaré una sola vez porque no me gusta repetirme —dijo la criatura, rodeándolos; no parecía tener pies, era como si flotara en el aire—. No podrán salir del castillo. Sobrevivirán hasta el amanecer. Ahora mi castillo es suyo para que lo recorran, pero estén atentos, habrán pistas que, si saben hallarlas, les ayudarán a seguir respirando. Si no… bueno, el castillo siempre necesita decoración.
Mientras decía esto, su rostro mostró una sonrisa tan escalofriante que podía paralizar hasta al más fiero de los hombres. Se dirigió hacia el lado derecho del salón y colocó sobre una pequeña y polvorienta mesa un reloj de arena.
—Cuando el último grano caiga, comenzará el juego. Nos veremos… si sobreviven.
Tal como apareció, se esfumó sin dejar más rastro que el eco de su carcajada.
—¿Que está pasando? esto no puede ser real.
—Clay dijo ¿sobrevivir? esto no puede estar pasando, nunca debí ver este lugar ¿que he hecho?
—Tranquilo esto no es tu culpa, tratemos de calmarnos mientras vemos que hacer.
Luego de unos 20 minutos que parecieron eternos por fin llegó el momento, el último grano de arena cayó, los dos amigos miraban a su alrededor esperando ver si ocurría algo pero nada pasaba.
—¿Será esto una broma del mal gusto? —Se preguntaba Clay
—Esa estatua nos está mirando
—Que dices Alfred parece que el pánico te está haciendo ver cos...
Tuvieron que dar un salto para no ser aplastados por la enorme mano que caía sobre ellos
—Las estatuas están vivas, ¡cuidado!
Una tras otra las estatuas comenzaron a moverse intentando matarlos, Alfred apenas podía moverse paralizado por el miedo, de no ser por su amigo habría perecido aplastado por un enorme pie.
Clay era un poco más ágil y pudo moverse entre las estatuas evitando ser aplastado.
—Alli ¿que es eso? —dijo Alfred
—Esa flecha parece indicar algo, ¿será una pista?
—No lo sé pero salgamos de aquí
Ambos corrieron por las escaleras tratando de evitar las manos de las estatuas que trataban de aplastarlos hasta la puerta que parecía indicar aquella señal.
La puerta cedió con un chirrido y los dos amigos se lanzaron al otro lado, cerrándola de golpe. Al instante, algo pesado golpeó la madera desde fuera: puñetazos lentos, que hicieron saltar el polvo del marco. Luego, silencio.
—¿Están… están esperando? —jadeó Alfred, con la espalda contra la puerta.
—No lo sé. Pero no van a derribarla tan fácil. Mira.
Estaban en un pasillo estrecho, alumbrado por velas que se encendían solas a su paso, una tras otra, como si alguien las guiara. Al fondo, una única puerta con un símbolo tallado: una llave cruzada con una pluma.
—Una biblioteca —murmuró Clay—. Vamos. Si hay pistas, estarán entre libros.
Era una sala circular, tan alta que el techo se perdía en sombras. Miles de libros forraban las paredes en estanterías que subían hasta lo imposible, y una escalera de caracol de hierro serpenteaba entre ellas. En el centro, un atril con un libro abierto y una vela.
—Huele a humedad y a… ¿a tinta? —dijo Alfred, arrugando la nariz.
—A tinta vieja. Y a algo más.
En cuanto Clay dio un paso hacia el atril, las estanterías crujieron. Los libros comenzaron a moverse solos, deslizándose de sus lugares, abriéndose en el aire como aves de papel. Las páginas se agitaron, y de entre ellas salieron susurros: cientos de voces diminutas que hablaban a la vez, llamándolos por sus nombres.
—¡Clay! ¡Alfred! —decían—. ¡Aquí! ¡Por aquí! ¡Vengan!
—No les escuches —dijo Clay, apretando el paso.
Pero Alfred ya estaba girándose, con los ojos vidriosos, siguiendo una voz que lo llamaba usando la de su madre.
—Mamá… —susurró.
—¡Alfred! ¡No!
Clay lo agarró del brazo justo cuando una nube de libros se cerraba sobre el lugar donde había estado. Las páginas se afilaron como cuchillas y se clavaron en la madera del suelo. Alfred despertó del trance con un grito.
—¿Qué… qué ha pasado?
—Que no escuches. Sea lo que sea que oigas, no es real.
Llegaron al atril. El libro abierto tenía una sola frase escrita en tinta roja, aún fresca:
“El que mira su reflejo, pierde. El que mira su sombra, gana.”
—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Alfred.
—No lo sé. Pero mira: hay algo debajo.
Clay levantó el libro. Debajo, había una pequeña llave de bronce y una nota: “Para la puerta del este.”
En ese momento, las velas de la biblioteca se apagaron todas a la vez, y los susurros se convirtieron en risas.
—¡Corre! —gritó Clay.
Salieron a trompicones, con los libros volando tras ellos como murciélagos. Alfred tropezó, y una página le rozó la mejilla: un corte fino, limpio, que empezó a sangrar. Clay lo levantó de un tirón y cerraron la puerta de la biblioteca justo cuando algo golpeó contra ella desde dentro.
—Estás sangrando.
—No es nada. Sigamos.
El pasillo los llevó hasta una puerta del este. La llave encajó. Al otro lado había una galería larga y estrecha, con espejos en ambas paredes. Docenas de reflejos de Clay y Alfred se multiplicaron en cuanto entraron.
—Odio los espejos —dijo Alfred.
—Entonces no los mires.
Avanzaron despacio. Al principio todo parecía normal: sus reflejos los imitaban con exactitud. Pero a mitad de la galería, Clay notó algo. En el espejo de la derecha, su reflejo se había detenido un instante antes que él.
—Alfred… no mires. Sigue caminando.
—¿Qué pasa?
Los reflejos empezaron a moverse por su cuenta. Sonreían. Algunos levantaban las manos y golpeaban el cristal desde dentro, como si quisieran salir. El sonido era un tintineo constante, desesperado.
—¡Clay, mi reflejo tiene la cara de… de otra persona!
—No lo mires. Acuérdate del libro: el que mira su reflejo, pierde.
Sin embargo el propio Clay no pudo ignorar mirar al ver a su pequeña hija en un espejo.
—¡Clay, no!
Alfred corrió, lo agarró por la cintura y lo apartó justo cuando el reflejo atravesaba el cristal con un brazo largo y retorcido, buscando su cuello. El espejo se agrietó de lado a lado, y el reflejo soltó un alarido que hizo vibrar toda la galería.
—¡No mires! ¡No mires! —repitió Clay, mientras era arrastrádo. —Gracias Alfred este lugar es peligroso.
Avanzaron así, con la vista clavada en las baldosas, mientras a su alrededor los espejos estallaban uno tras otro y los reflejos caían al suelo, retorciéndose, convertidos en sombras. Al final de la galería había una puerta. La abrieron de golpe y la cerraron tras de sí, jadeando.
—¿Estás bien?
—Sí… creo que sí.
—Mira.
Estaban en una habitación pequeña, sin ventanas, con una sola mesa y, sobre ella, un reloj de arena distinto al del salón: este tenía la arena negra, y faltaba muy poco para que terminara de caer.
—Otro reloj —dijo Alfred, con la voz quebrada—. ¿Cuánto tiempo nos queda?
—No lo sé. Pero el libro decía “el que mira su sombra, gana”. Aún no hemos usado esa pista.
En la pared del fondo había un ventanuco que daba al patio interior del castillo. Clay se asomó. Abajo, en la oscuridad, las estatuas seguían inmóviles, esperando. Pero algo más se movía: una sombra alargada, la del propio Clay, proyectada por la luz de la luna, que se estiraba por el patio como un dedo señalando.
—Alfred, ven. Mira mi sombra.
—¿Estás loco? ¡Después de lo de los espejos!
—No. Mira hacia dónde apunta.
La sombra de Clay señalaba una pequeña puerta en el muro del patio, medio oculta por la hiedra. Y junto a ella, en el suelo, había una segunda sombra que no correspondía a ninguna estatua: la silueta de una llave.
—La salida —susurró Alfred—. La sombra nos está mostrando la salida.
—Sí. Pero hay que cruzar el patio.
Bajaron por una escalera de servicio que encontraron tras la mesa. El patio estaba frío y olía a tierra mojada. La lluvia había cesado, y el cielo empezaba a clarear por el este: un gris tenue, casi azul, que prometía el amanecer.
—Tenemos que llegar a esa puerta antes de que salga el sol —dijo Clay.
—Otra vez estatuas, no de nuevo
—Sssss —Indico Clay con una seña
Cruzaron el patio en silencio. Las estatuas seguían inmóviles, pero sus ojos de piedra los seguían. Alfred no se atrevía a mirarlas. A mitad del patio, una de ellas giró la cabeza con un crujido de piedra.
—Corre.
Corrieron. Las estatuas despertaron todas a la vez, y el patio se llenó de pasos de piedra y de manos que se cerraban sobre el vacío. Clay llegó primero a la puerta, la abrió con la llave de bronce y empujó a Alfred dentro.
—¡Cierra! ¡Cierra!
Del otro lado, los golpes cesaron de golpe, como si algo los hubiera llamado.
Estaban en un túnel que ascendía. Al fondo, una luz: la luz del amanecer.
Salieron al claro que rodeaba el castillo. El sol asomaba por encima de los árboles, y el bosque, que la noche anterior parecía un laberinto, ahora era solo un bosque. Detrás de ellos, el castillo se veía gris, silencioso, muerto.
—Lo logramos —dijo Alfred, y se dejó caer de rodillas en la hierba. —Lo logramos.
Clay miró hacia atrás. En la ventana más alta del castillo, una figura los observaba con una sonrisa que abarcaba casi todo su rostro. Levantó una mano, como despidiéndose, y la ventana quedó vacía.
—Vámonos a casa.
Caminaron hasta que el castillo desapareció entre los árboles. No hablaron en un rato. Cuando por fin Alfred rompió el silencio, su voz ya no temblaba:
—Clay… ¿crees que volveremos a verlo?
—Espero que no. No pienso volver a este lugar.
El sol terminó de salir, y el bosque, por primera vez en toda la noche, pareció respirar.
Créditos
Autor: @kingdomsoldier
Imagen: Grok AI