El Sol de la mañana apenas se colaba entre las nubes blancas que estaban sobre mi ciudad el patio aún con la sombra del amanecer pero dos puntos de un rojo intenso brillante captaron mi mirada y mi memoria allí estaba las primeras cerezas criollas de la temporada colgando como dos joyas vivas del semeruco que mi padre plantó cuando éramos niños punto verla es como abrir una puerta a un tiempo cuando las cosas eran más sencillas.
De inmediato, el sabor de dulce inundó mi paladar sin ni siquiera haberlas probado recordé mis manos pequeñas y pegajosas, y la de mis hermanos compitiendo por alcanzar las más rojas. El premio era una explosión de sabor que marcaba el inicio de las vacaciones escolares de agosto. La sombra de ese árbol fue nuestro fuerte, nuestro escondite y testigo silencioso de innumerables juegos y secretos infantiles.
Aunque el gran Luis Mariano rivera dijo en su famosa canción: “Nadie siembra tu semilla, nadie riega tu arbolito”. En nuestro caso esta mata de cereza ha tenido el cuidado y el cariño de mi familia durante muchos años.
Mi madre, solía sentarse con una silla extensión bajo sus ramas a limpiar los frutos que se recogían. En la actualidad de bajo de sombra está la mesa y el caballete de pintura se utiliza mi papá para crear sus obras de arte.
Hoy, de pie en el mismo patio, el árbol sigue dando sus frutos y con ellos nos regala el tesoro más preciado: La capacidad de volver a ser niños con solo bocado, cada cosecha es un recordatorio de que aunque el tiempo pase las raíces de nuestro recuerdo más felices siguen firmemente plantadas en el hogar