Otra descarga viajó por el cuerpo del desafortunado prisionero cuando el padre de Liam accionó el interruptor. Cada músculo, natural y artificial, en el cuerpo del prisionero se tensó, su sistema nervioso agonizó. El cuerpo se arqueó hacia afuera en un ángulo doloroso. Su vejiga no pudo soportar esta tercera descarga, una mancha húmeda apareció en la entrepierna.
El viejo Sal dejó de presionar el botón, el cuerpo del prisionero se desplomó en la silla. Jadeó pesadamente, la saliva ya empezaba a formar una mancha húmeda en la bolsa de tela que le cubría la cabeza.
–Toma –el padre de Liam le tendió el interruptor conectado a la batería–. Ahora tú hazlo.
Los ojos de su padre brillaron. Liam notó las bolsas bajo sus ojos, su expresión era de cansancio, esto le confirmó que su padre llevaba muchas horas trabajando. Liam observó al prisionero, no podía ver su rostro, pero podía imaginarlo con los ojos cerrados, rogando porque esto terminará lo más pronto posible.
–¡Estoy hablándote, muchacho! –ladró el viejo Sal– ¡Tómalo!
Liam tragó saliva, sintió como si una piedra áspera pasara por su garganta. De repente, empezó a sentir como sudaba por todas las partes de su cuerpo. Sintió que se le hacía difícil respirar. Lo que podía ser algo normal en este oscuro sótano, al menos a él le parecía eso. La luz era muy tenue, no había ventanas, solo ductos de ventilación. La habitación estaba totalmente desnuda, solo había una mesa con instrumentos, una batería con dos cables conectados a ella, cuyos extremos estaban clavados en cada muslo del prisionero, la silla del prisionero y ellos.
–Yo…– la voz del muchacho fue apenas un susurro. Se aclaró la garganta antes de volver a hablar–… Yo no estoy seguro de querer hacer esto.
Apenas salieron estas palabras de su boca, esperó una reprenda. En vez de gritar, su padre soltó un suspiro. Estaba cansado, pero mantuvo la calma. Dejó el interruptor sobre la mesa y se dirigió a la puerta.
–Ven conmigo. –le ordenó sin voltearse a verlo.
Liam lo siguió. El viejo Sal abrió la pesada puerta de metal y ambos subieron las escaleras. Su padre abrió una puerta de madera, una intensa luz roja y morada entró directamente en las pupilas dilatadas de Liam, dificultando su visión por unos segundos. A la derecha de la puerta, un hombre vestido de negro, con líneas azules trazadas en su rostro, vigilaba.
–Necesito hablar con el chico. Cuida a nuestro invitado. –el hombre asintió, al voltearse dejó ver una caja blanca incrustada detrás de su oreja.
Descendió por las escaleras, fundiéndose en la oscuridad.
Liam siguió a su padre por un pasillo con poca luz, al final de este había una ventana panorámica, por la cual se colaban coloridas luces. Cruzaron hacia la derecha, desembocando en un corredor más corto, la ventaba seguía dándole a Liam una visión de la ciudad, una ciudad de neón que rara vez dormía, y con grandes pantallas de anuncios en lo alto de cada edificio.
Salieron a una pequeña terraza, al fondo de esta había un jacuzzi, y a su derecha Liam tenía un minibar. La iluminación era bastante pobre. El frío de la noche penetró en su piel, y el olor de los gases se coló en sus fosas nasales, irritándoselas un poco. La terraza tenía una visión bastante amplia de la ciudad. Liam se encontró en ella varias veces, mirando las calles y los edificios, observando la vida de hormiga de las personas, siempre siguiendo las mismas rutas, dominadas por feromonas que entraba a sus mentes en forma de aparatos electrónicos incrustados en sus cuerpos.
Su padre se acercó al posamanos y se apoyó en él. Miró a Liam.
–Ven, chico. No estoy molesto contigo. –su voz era bastante serena.
–¿No lo estás? –el tono del muchacho era incrédulo.
Ser acercó a su padre. Estando tan cerca de él, pudo darse cuenta de que estaba creciendo en estatura, ya casi le llegaba a los hombros, y aún no había entrado en la pubertad, cosa que le agradó.
–Tu reacción fue bastante sensata. Y, tuviste el suficiente valor para negarte a hacer algo que no querías –chasqueó la lengua, pensando muy bien como decir las palabras que saldrían de su boca a continuación–. Te traje porque ya es momento de que hablemos, debes entender porque hago lo que hago. Esto va más allá de un simple trabajo familiar. Mi abuelo y mi padre lo entendían, yo lo entendí cuando era joven, y ahora te toca a ti.
Un auto-deslizante pasó volando justo en frente de ellos. Una patrulla, con las luces estroboscópicas encendidas, pintando las paredes más altas de los edificios de azul y rojo.
–¿Esto no lo hacemos simplemente por qué somos leales a la familia Winchaild? –Liam ahora parecía confundido.
–Sí y no –respondió su padre, lo que definitivamente lo confundió. El viejo Sal tomó aire antes de seguir con su respuesta.–. Le debemos todo a los Winchaild, en nuestros años de servicio con ellos no le ha faltado nada a nuestra familia. Y, es debido a esa lealtad que hemos podido ser parte de algo más grande, incluso más que los mismos Winchaild.
Liam abrió la boca algo sorprendido, pero inmediatamente volvió a cerrarla. Esa familia era una de las más ricas desde que…quizá desde que se inventó el dinero. O eso es lo que su hermana siempre le decía en broma. Liam estaba consciente del poder que tenían, esta invertía su dinero en las grandes corporaciones, a cambio de un porcentaje de la misma. Incluso los gobiernos acudían a ellos.
–Mira allá abajo –su padre miró hacia las calles, donde cientos de personas se movilizaban en masa, Liam lo imitó.–. El mundo nunca ha sido más simple. Están los de allá abajo, y estamos los de aquí arriba. Y ahora las personas venden su alma, muchacho.
Su padre lo miró, y Liam encontró en sus ojos dolor. Esto casi le encogió el corazón al muchacho.
–Sé que te has preguntado porque nadie de nuestra familia ha tenido mejoras. Eso es porque no las necesitamos, Liam. Aquellos que se instalan el chip y luego se conectan a la red…están acabados. Ellos son frágiles.
–¿Cómo? –la curiosidad de Liam se notaba mucho en su voz exaltada.– Las personas con mejoras pueden tener acceso a toda la información que necesitan en segundos, pueden ver en la oscuridad, correr más rápido, ser más fuertes. Las mejoras parecen algo bastante necesario hoy en día.
El viejo Sal sonrió sin gracia.
–Son necesarias para ellos. Juran que sin ellas no podrían sobrevivir a estos tiempos hostiles. Pero, esto es lo que los hace más débiles. Las personas ahora dependen de la tecnología, muchacho. Esta podrá duplicar sus fortalezas físicas, pero también duplica las debilidades. Sin mencionar que son mentalmente sumisas. Es como cuando sacas a un pez del agua, es la criatura más vulnerable del mundo. Instala un virus en el sistema de alguien, hackea su mente, detona un pulso inhibidor, ve lo que pasa con sus tan queridas mejoras. En cambio, tú y yo, nuestras debilidades solo serán tan grandes como esto –señaló la cabeza de su hijo, haciendo referencia al cerebro.–, y esto –ahora señaló su corazón– lo permitan.
Liam pensó en el prisionero, y como todas sus mejoras lo hacían mucho más vulnerable a una tortura con electricidad.
–Necesito pensar en ello, pero ya empiezo a entender –su padre asintió y le dio una sonrisa paterna, de orgullo–. Lo que aún no sé es porque nuestra familia hace lo que hace.
–Bueno…eso es un poco más simple de explicar, pero más difícil de entender. Desde mucho antes que la tecnología comenzó a formar parte de nuestro cuerpo y mente, la familia Winchaild ha sido atacada y amenazada por fanáticos y personas que dicen conocer una conspiración secreta. Todo eso es pura mierda, no hay ninguna conspiración.
»Los Winchaild controlan corporaciones y gobiernos, punto. Pero ellos tienen una visión, sin ese control el mundo estaría sumido en caos, muchacho. Las personas no están capacitadas para ser totalmente libres, el Sistema debe tener reglas. Nosotros nos aseguramos de que esas reglas prevalezcan, y de que las personas culpables de intentar romper esa cadena dejen de ser una amenaza para ellas mismas y el Sistema.
»Un sistema que no es perfecto, pero que mantiene a la Humanidad lejos de su propia extinción. Somos más que sirvientes, Liam. Tenemos nuestra misión en este mundo. Y te necesito, no es algo que pueda lograr sin ti. Ningún otro padre en nuestra familia ha podido hacerlo sin la ayuda de su hijo.
Con esto el viejo Sal no dijo nada más, se quedó en silencio un par de minutos, observando las calles. Liam pasó todo este tiempo pensando, sentía como si su padre le hubiera quitado una venda de los ojos. Pasaría muchos días pensando en sus palabras.
Su padre se retiró del posamanos. Fue en dirección a la puerta y le preguntó a su hijo:
–No tienes que hacer algo que no quieras, hijo… ¿Quieres ir allá abajo e intentarlo otra vez?
Liam estaba esperando esa pregunta, aspiró hondo y con voz neutra dijo:
–Sí.