Nuestro tiempo vale más que el oro. En las sociedades modernas el individuo debe desarrollarse en el menor tiempo posible. La etapa de la niñez de un ser humano transcurre muy lentamente si nos comparamos con otras especies de mamíferos. Mientras pasamos años aprendiendo en la escuela muchos cambios suceden a nuestro alrededor. Luego, durante el liceo, aún no tenemos muy clara la profesión o el oficio que queremos aprender para poder valernos por nosotros mismos sin depender de nuestros padres.
Una vez en la Universidad, o en cualquier curso que hagamos para poder ingresar al campo laboral, tal vez nos surjan dudas sobre si hemos escogido la carrera que realmente queremos ejercer por el resto de nuestras vidas. Lo más importante es intentarlo, llenándonos de entusiasmo por aquello que creemos que sea la mejor opción. Hacer algo que realmente nos guste nos ayudará a tener muchas satisfacciones en la vida y nos permitirá ver el trabajo como una actividad gratificante y no como un castigo.
Cuando estemos casi preparados para la vida laboral ya habrán pasado cerca de veinte años desde nuestra fecha de nacimiento. Mucho tiempo invertido para comenzar a ser realmente útiles. Después, el trabajo absorberá, por lo menos, el doble del tiempo que nos ha costado crecer y formarnos. Durante este período surgirá un nuevo ciclo donde nos casamos y tenemos hijos que emprenderán el mismo camino, mientras nuestros padres de hacen cada día más ancianos, se enferman y mueren.
Debemos disfrutar cada etapa de nuestras vidas. Pensar que todo pasado fue mejor nos llena de nostalgia y anhelar que pasen pronto los días hasta que llegue un futuro mejor nos crea angustias que pudieran llegar a afectar nuestra salud física y emocional. Por tal razón, es mejor tomar las cosas con calma y mirar el lado positivo de cada situación. Esto no quiere decir que debemos ser apáticos o despreocupados en nuestras actividades cotidianas sino que no debemos crearnos más cargas de las que podamos soportar.