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Mi vida era apacible, como verdaderamente tendría que ser.
Nunca ocurrían cosas, solo en las novelas que miraba.
Hasta que apareció él
Le di el número de mi celular.
La primera vez que me llamó no me sorprendió.
– Me gustaría saludarla- dijo con voz de locutor.
Accedí y no sé por qué puse tanto esmero en mi arreglo.
Y fue allí donde comenzó todo.
El sonido del teléfono tomaba otras dimensiones.
Empecé a sentir nuevas emociones y caí bajo su hechizo.
Anhelante, corría a sus brazos.
Mi piel arrebolada, las sábanas desparramadas de esa habitación clandestina, me hacían sentir mal.
Después, solo después.
A veces me sentía como cuando aplastaba la colilla de mi cigarrillo: Es la última vez, pero volvía, siempre volvía.
Con la cabeza gacha, sin mirar a los ojos de mi familia, trataba de cumplir con mis tareas cotidianas y me bañaba, miles de veces me bañaba.
Pero era inútil, su perfume se había hecho carne en mí.
A veces me engañaba y por un instante, volvía a la realidad. A la aparente tranquilidad de mi hogar.
Me negaba a mirarme al espejo. La imagen reflejada, me condenaba.
El arma que guardábamos fuera del alcance de los chicos, cobró otros espacios en mi mente.
La tomaba en mis manos y volvía a dejarla en su lugar
¿Lo amaba?
¿Era eso el amor?
Sabía.
Lo sabía.
Muy dentro de mí sabía que era una tortura.
Tenía que terminar, pero su voz detrás del hilo me atrapaba.
Todavía no se la causa que me impulsó a guardarla en mi cartera.
Abrió la puerta, su sonrisa cautivante y centelleaban estrellas de sus azules ojos; su alta figura distinguida, aceleraba mi pulso. Juro que abrí la cartera con intenciones de prender un cigarrillo.
Mis manos se pegaron al frió del arma.
Apunté.
Extraña sensación. No temblé.
Un aletear de pájaros buscó su nido.
El único que me visitó, fue mi abogado
Pregunté por mis hijos. Mi marido les había contado que morí en un accidente.....Y hoy llevan unas flores a una tumba vacía.
Era el precio de mi culpa.