Después de tanto perder, un buen día sin darme cuenta aprendí a ganar y luego de largas noches llorando, una mañana de enero sin siquiera imaginarlo, el espejo me sorprendió con una sonrisa.
Reconozco tanto, tanto el suelo, que paso horas mirando el cielo y de tanto tocar fondo sé que cuando bajo pronto subiré para continuar asombrándome con el ser humano, motivo por el que aprendí a ser yo misma y colmarme de satisfacción cuando compruebo que para otros seres existo, que afortunadamente no he fallecido y que para ellos lejos estoy de ser una ilusión óptica, una presencia fugaz, una figura imaginaria cual si fuera un personaje ignorado de un tiempo no tan lejano, pero abolido, depuesto, terminado.
Tuve que sentir la soledad para aprender a acompañarme, a charlar conmigo, a embriagarme con copas de ausencias, indiferencia y tan tristes como penosos olvidos y que por tanto creer en los demás, un día cualquiera tuve que aprender a perder la ingenuidad y aun así aquí estoy, con lo que tengo para ofrecer, para dar, porque también aprendí que de los otros seguramente llegue a necesitar.
Creo hacer lo que debo, y de la mejor forma las cosas que puedo. Además aprendí a entender que no todos sentimos los mismos deberes y a comprender que cada quien muy pocas son las veces que hace lo que quiere y tantas más, solo las que le permite su alcance, su grandeza o le impide su egoísmo, sus miserias. Aprendí a aceptar lo que es irremediable y que ciertas capacidades no se pueden modificar, que el ADN será una garantía cuando los genes del alma se puedan analizar.
Aprendí a esperar sin desesperar que llegue lo esperado sabiendo que la espera siempre vale la pena, reconocer si ese tiempo alcanzó o si fue en vano, si estuve o no equivocada.
De la realidad aprendí a cancelar sueños, a sumirme en el silencio, en el dolor, a optar, a privilegiar hechos por sobre palabras tantas veces escuchadas, a padecer el desamor, festejar exquisitas evidencias del amor y agradecer a viva voz las inmensas pequeñeces que me ofrece el día a día. Y desde los umbrales de la fantasía aprendí a reinventarme, edificar, pintar sueños nuevos, ambicionar magnitudes y en la necesidad de hallar la luz, tal cual fuera una niña permitirme jugar libremente con la imaginación.
Aprendí a pasear en secreto entre miradas tiernas y escapar de ojos fríos, duros, huecos, permanecer distante de las almas que habitan en tinieblas y pude aprender que aquél jardín con una sola y sugestiva flor me pueda resultar un paseo tan resplandeciente como el fulgurante brillo de mil cristales repletos de sol.
Por suerte aprendí que la emoción es la sorpresiva y grata visita de ese novio tan querido que recibe enamorado el corazón y que los únicos condenados a la eterna pobreza son aquellos desventurados seres incapacitados de sentir amor.
Sé que jamás aprenderé a rogar, pero aprendí a pedir disculpas y solicitar perdón y a que me disculpen o no, y a ser o no perdonada y aun habiendo aprendido a perdonar, ciertas cosas me resultan imperdonables.
Aprendí a agradecer por los oídos, por las voces, por los pasos de quienes me escuchan en silencio, se hacen oír y serenos caminan a mi lado.
Aprendí a andar sin la prisa de los grandes apurados porque vi tantas liebres correr sin sentido, que prefiero la lentitud de las tortugas y apreciar la bastedad del recorrido.
Y lo más importante es que aprendí a ser feliz con lo que soy, lo que tengo y los reales y bienvenidos afectos que disfruto con el alma, agradezco y me impulsan a continuar gustosa en este viaje de vivir...soltando, tomando, aprendiendo, pero sin dejar de sonreír.