_Había una vez ...
Si la fila del supermercado estaba larga o había muchos clientes en espera en el banco, la madre de Juancho acariciaba su vientre abultado y comenzaba a contar historias:
_Hace mucho, mucho tiempo en un país lejano...
Con la certeza de que su bebé la escuchaba, la madre de Juancho se esmeraba en leer en voz alta cuentos o relatos increibles:
_Y dijo el conejo a la princesa...
Imagen creada por mí en Canva
Cuando Juancho nació, ya no solo era la madre la que le contaba historias, también su padre y sus abuelos, quienes para dormirlo, buscaban entre los libros que estaban en su mesita de noche, historias de hadas, fantásticas, coloridas que entretenían al niño:
_Y llegó el príncipe y luchó contra el dragón...
El niño abría sus ojos con mucha emoción y pedía que volvieran a contar:
_Quiero la historia del Toro Fernando o la de Fernando el furioso, insistía alegre Juancho que conocía todas las historias.
Imagen creada por mí en Canva
Luego Juancho fue a la escuela y allí no solo encontró maestras que le contaron historias, también aprendió a leer y fue entonces que Juancho descubrió los libros. Al principio le atraían las portadas, luego los dibujos que tenían por dentro. Poco a poco fue descubriendo el tesoro escondido que había en cada libro. En cada uno había una historia diferente y maravillosa, capaz de mostrarle a Juancho un mundo que él desconocía. Ya no tenía necesidad de que le contaran historias, Juancho las leía y se las imaginaba. También aprendió a contar historias y supo que era maravilloso imaginar otros mundos, pero también era fenomenal crearlos.
Con el tiempo, Juancho se hizo grande y llegó a recorrer el mundo. Aunque cada lugar era nuevo para él, Juancho ya los conocía por medio de las páginas de los libros. No tuvo límites jamás y su creatividad volaba como vuelan las aves. Y aunque Juancho vivía en una ciudad, un país, decía que eran los libros su único refugio.