Si estás pendiente de nosotros, no tenemos que confesar nada. Salimos todos los días a caminar deseando encontrar cosas que tal vez ya no existen, pero que aún esperamos. Tenemos el corazón cansado de tanto aguardar por ti, de tanto pedirte. ¿En dónde estabas?
Nos hemos llenado de dudas y ya no nos queda ninguna certeza. Quizás el día menos pensado ya ha pasado y ni nos hemos dado cuenta. Pero no sabemos, ¿no eras tú el que nos darías una señal? A veces nos recostamos en una interrogación sin fin y sin objeto, espejismos de victorias y amenazas de derrotas vienen a nosotros en gran medida sin poder saber qué hacer con ellas. No se puede observar en silencio, pero ya estamos cansados de gritar. ¿No nos has escuchado?
Cada día tratamos de tener nuestra mejor versión optimista: creer que los buenos ganan, desear justicia, inspirar, espirar, contar hasta 100. La ilusión se ha convertido en nuestro único chantaje emocional, nuestra única excusa. Pero últimamente hemos amueblado nuestra vida con muchas tristezas. Sin darnos cuenta, hoy estamos en la única orilla que nos queda. Es un engaño entonces decir que tenemos un futuro cuando la desesperanza a cada hora nos acecha. ¿Cuánto nos falta para ser felices?
¿Recuerdas cómo había tanta luz en cada uno de los rincones? pero ahora la oscuridad nos devasta. Si te somos sinceros, a ti, que resucitaste, estamos cansados de resucitar cada día, porque nos sentimos rotos, porque no hallamos nuestro cuerpo, porque morimos en cada intento. Con esta tristeza y desesperanza, poco a poco, vamos comprendiendo al loco, al ermitaño y al suicida. Hoy el cielo se siente tan lejos y a la vez tan cerca.
Quien habla, se ha ido a la calle. Cuando te sobre tiempo, ocúpalo en atardeceres, en nuevas esperanzas, que las que tenemos escasean y algunas están desgastadas.
Recuerda que aún lo estamos intentando.