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Cundeamor: una obra de títeres que viaja en bicicleta
Una temporada de teatro, público, caminos y mucho amor por los títeres. Vaya, para seros franco, mucho más camino y amor por los títeres. Jajaja. Porque la crisis del transporte cubano es ya parte de un chiste de mal gusto con sabor a realismo socialista de… De aquellos que nos obligaron a leer.
Lo que es seguro: hay obras de teatro que se presentan. Y hay obras que se convierten en compañeras de viaje. Cundeamor es para nosotros una de esas obras llenas de infinita compenetración; de crecer y caminar juntos.
Durante todo este 2026, Cundeamor ha vuelto a protagonizar nuestras funciones. Ha viajado en nuestras mochilas, ha llegado a Teatros, Escuelas, Casas de Cultura, Parques, Galerías y espacios comunitarios, ha conocido públicos diferentes y, sobre todo, nos ha permitido reencontrarnos una y otra vez con aquello que más amamos: actuar para la gente y darle vida a los títeres.
Este año Cundeamor nos ha regalado una temporada especialmente hermosa. Una temporada hecha de funciones, ensayos, correcciones, viajes, cansancio, risas, aprendizajes y aplausos. Una temporada que también nos ha demostrado algo que ya sabíamos, pero que hemos vuelto a comprobar:
cuando existe amor por el teatro, siempre encontramos la manera de llegar.
Incluso cuando hay dificultades; cuando el camino se hace largo; cuando tenemos que ir a pie; o la bicicleta (esta vez, por obligación más que por Hobby), se convierte en nuestro medio de transporte, nuestro vehículo teatral y, casi podríamos decir, nuestro pequeño escenario ambulante.
Cundeamor, un personaje que sigue caminando
La historia que llevamos a escena tiene como protagonista a Cundeamor, un pequeño personaje simpático, curioso, intrépido, y siempre dispuesto a aprender.
En el relato, una epidemia de fiebre afecta a su pueblo y Cundeamor decide emprender viaje hacia el valle que está entre las montañas, donde, según los ancianos, puede encontrarse la cura a cualquier enfermedad.
Para llegar debe atravesar el monte, encontrar el camino y superar diferentes pruebas.
En ese recorrido conoce al Búho, al Loro y a las brujas. Encuentra refranes, resuelve adivinanzas, juega con trabalenguas, descubre nuevos amigos y finalmente consigue aquello que buscaba.
Pero hay algo todavía más hermoso.
Cuando recibe una bolsa de oro, Cundeamor no piensa solamente en sí mismo. A su regreso, la comparte con los enfermos de su pueblo. Su viaje, por tanto, no termina en él, en su propio éxito; sino que logra lo que todos los nobles quisiéramos, dar más allá de aquello que recibimos.
Y esa es una de las razones por las que sentimos que Cundeamor tiene tanto que ver con nuestra propia manera de entender el teatro. Porque nosotros también queremos caminar hacia la gente; regresar a la comunidad. No basta con ser actores, titiriteros… Creemos que aquello que recibimos debe ser compartido.
El guion que hemos recuperado y publicado en Títeres del Alma conserva precisamente ese espíritu de aventura, aprendizaje, participación y solidaridad. Las adaptaciones que le hemos realizado se orientan solo a la manera de concebir las acciones, hacia todos los públicos; pues defendemos, de ser posible según la semántica de cada obra, el Teatro para las familias.
Un clásico que continúa vivo
Cundeamor nace del universo teatral de Francisco Garzón Céspedes, una figura fundamental de la creación escénica y literaria para la infancia en Cuba.
La obra forma parte del universo de Redoblante y Cundeamor, creado por Garzón, y ha tenido numerosas puestas en escena a lo largo de los años. El propio autor recoge la trayectoria de estas obras y recuerda, con mucho cariño, entre otros intérpretes, el trabajo de Adalett Pérez Pupo en el personaje de Redoblante/Cundeamor.
Y aquí aparece algo que para nosotros tiene un significado muy especial. Adalett no se acerca a Cundeamor como quien descubre una obra cualquiera. Entre ellos existe una historia personal basada en la memoria. Una relación con este personaje que viene de mucho tiempo atrás.
Para Luciano también hay una emoción particular.
Esta es una obra que escuchó cuando era niño en su pueblo natal. Y quién iba a decir que muchos años después estaría llevándola a escena junto al maestro y titiritero al que había visto y escuchado por la televisión durante su infancia. Ese tipo de encuentros son los que hacen que el teatro sea mucho más que una profesión.
Son encuentros con nuestra propia identidad.
Cundeamor en el Teatro Aldaba
De todos los espacios que nos han recibido durante esta temporada, el Espacio Teatral Aldaba ocupa un lugar muy especial. Allí hemos tenido la oportunidad de presentar Cundeamor varias veces y de reencontrarnos con un público que nos ha hecho sentir que el trabajo vale la pena.
Irene Borges y Cundeamor
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Cada función en el Teatro Aldaba ha sido también un ensayo de nuestra propia capacidad para escuchar. Porque una obra no termina cuando el público aplaude. La obra continúa cuando los artistas son capaces de preguntarse:
¿Qué podemos mejorar?
Y en ese sentido hemos tenido una fortuna enorme. La directora Irene Borges nos ha acompañado con sus observaciones, sus críticas y sus recomendaciones. Nosotros, como el Cundeamor, ávidos de aprendizaje, hemos recibido sus notas con todas las ganas. Porque, como le recuerdo decir siempre a mi amiga Lisette Silverio, del Grupo La Chinche: el proceso es tan importante como el resultado.
Confesemos -al menos mis temores-; no siempre es fácil escuchar que algo debe cambiar. Mucho menos cuando uno ama profundamente el camino que recorre, y no percibe esos baches en la vía.
Pero el verdadero artista no solamente necesita aplausos.
También necesita quien le diga:
"Luciano. Esto puede estar mejor. Deja que esas máscaras de vivan a ti, se apropien, utilicen tu cuerpo para sus propósitos"…
Y las notas de Irene (junto a las de Asdrubal), nos han ayudado a mirar nuestra propia obra con otros ojos. Ajustar. Limpiar. Precisar. Mejorar ritmos. Revisar acciones. Distanciar aquí, recortar allá. Escuchar mejor al público. Cuidar detalles…
Y, sobre todo, seguir creciendo. Porque, vayamos al caso, de qué sirven las expresiones: “uy, que lindo les quedó, me encantó…” Porque para dos actores que trabajan casi siempre solos, que se dirigen ellos mismos, estas notas llegan a ser la mejor cura.
El público nos ha enseñado muchísimo
Una de las cosas más hermosas de trabajar con niñas, niños y familias es que ellos no mienten. Si están aburridos, se levantan. Si no les gusta, se nota. Si no entienden algo, se nota. Si un personaje les interesa, lo siguen. Si quieren ayudarlo, hablan. Si quieren advertirle de un peligro, gritan.
Y si algo los hace reír...
la sala se llena de vida.
Cundeamor está construido precisamente para ese encuentro de las familias.
Los personajes dialogan durante casi toda la obra con ese público, que, sin notarlo, ha llegado a ser parte del entramado artístico. El protagonista en especial, dialoga. Pregunta.
El narrador se relaciona con los espectadores. El Loro propone trabalenguas y adivinanzas. Los niños tienen que pensar. Responder. No hay escapatoria. Porque, sobre todos ellos velan los titiriteros. Quienes les “obligan” entre risas y complicidades, a ayudar, y ser parte.
En el propio guion, los titiriteros invitan al público a resolver las adivinanzas, los trabalenguas y refranes. El narrador no se queda atrás en este juego de roles y, por eso, además de la dinámica misma, cada función es diferente. Porque nunca sabemos exactamente qué va a ocurrir cuando Cundeamor mire hacia el público.
Como cuando una niña dijo: “No sé”… Una respuesta muy normal al inicio, pero de la que no se puede avanzar sin que esa pequeña haya encontrdo una nueva respuesta en su vida, gracias a nosotros, los teatristas.
Uf, cuanta alegría hacer lo que hacemos.
Cuando los niños hablan con los títeres
Hay un momento mágico que todo titiritero conoce. El momento en que el público deja de mirar al títere como un objeto.
Ahí es cuando comienza a creer lo maravilloso: que el títere está vivo y tiene una historia real que compartir con ellos. Relato en el que ese personaje, habla y también escucha. Que puede equivocarse. Que necesita ayuda…
Entonces ocurre algo maravilloso: los niños comienzan a hablarle.
"Cundeamor..." Ríen. Esperan lo siguiente. "¡Yo sé la respuesta!"
Y nosotros dejamos que suceda.
Porque ese diálogo es parte del teatro. No queremos que los niños sean solamente espectadores silenciosos. Queremos que participen. Que piensen. Que interactúen. Porque esta es también su obra.
Cundeamor y la alegría de aprender
Una de las riquezas de esta obra es que el aprendizaje aparece disfrazado de juegos, refranes, adivinanzas, trabalenguas. Y eso exige de intelecto obligado para resolverlos.
Pero todo ocurre dentro de una aventura. Cundeamor quiere llegar al valle. Para lograrlo tiene que aprender más, resolver pruebas y acertijos. Tiene que preguntar; escuchar; relacionarse con otros…
Y eso es algo que nos gusta muchísimo de la obra. Cundeamor no es un héroe porque lo sabe todo. Su gran valor, es querer conversar, su armadura la comunicación, y su heroicidad es querer aprender.
Y entonces aparece Pedro
Vale, vale. No todo puede ser color de rosa. Pedro es el contraste.
Mientras Cundeamor pregunta; Pedro desprecia. Mientras Cundeamor escucha; Pedro interrumpe. Mientras Cundeamor pide ayuda y agradece; Pedro exige. Mientras Cundeamor es recompensado por su valía, comparte; Pedro quiere acumular. Mientras Cundeamor encuentra amigos; Pedro termina solo, por sus propias acciones.
La diferencia entre ambos hermanos construye buena parte del humor y del conflicto de la obra. Y permite que los niños descubran, sin necesidad de una larga lección moral, que nuestro modo de actuar tiene consecuencias.
El propio guion presenta a Pedro como egoísta, holgazán, cobarde y preocupado por obtener dinero sin esfuerzo.
Pero el teatro hace algo mucho más interesante que simplemente decir: "Pedro es malo". Nos permite observar cómo es. Y cuando lo vemos actuar, comprendemos.
El oro que no se guarda
Hay una imagen que siempre nos conmueve. Cundeamor recibe el oro.
Podría guardarlo. Es suyo, Se lo ha ganado por ayudar a las brujas. Podría regresar feliz y convertirse en alguien rico
Pero no.
Lo reparte. Lo comparte con los enfermos de su pueblo. Y entonces comprendemos que el verdadero tesoro de Cundeamor no era el oro. Era lo que había obtenido durante el viaje:
La amistad.
La solidaridad.
La generosidad.
La capacidad de compartir.
El deseo de ayudar.
… Más sabiduría.
De ahí la importancia y la vigencia necesaria de esta obra.
Un teatro que se hace en tiempos difíciles
Con pocas palabras, digamos que 2026 está siendo un año difícil para Cuba (los anteriores a mi nacimiento no…).
Todos conocemos las dificultades. Y quienes hacemos cultura también las tenemos. Aunque algunos piensen que vivimos fuera de la realidad. La crisis alcanza el transporte, los materiales… La energía frente a la vida cotidiana.
Pero existe algo que no queremos perder:
el deseo de hacer teatro.
Por eso, en más de una ocasión, hemos tenido que ir a pie a los teatros.
Sí. A pie. Con nuestros títeres al hombro. Porque Títeres del Alma no suspende funciones. Si hay espectáculo programado, el público no puede esperar; nosotros queremos estar allí.
Cundeamor: Teatro en bicicleta
Y aquí aparece una imagen que resume perfectamente nuestra temporada. Aunque vista así, en frío, parece una postalita. Pero no. Como en los tiempos del Teatro Romano, Venimos, vencimos, y nos vamos, en esta bicicleta: Adalett, Luciano y una mochila llena de Títeres.
Aclaremos. Una bicicleta normal, convertida por necesidad y por imaginación en nuestro pequeño vehículo teatral. Yo llevo a Adalett en la parrilla. Y la mochila de los títeres viaja delante. Así hemos recorrido ya muchos caminos. Vaya, en contra de mi voluntad. Lo confieso.
Quizá algún día alguien vea esas imágenes y piense que son una curiosidad.
Para nosotros son una declaración: no suspender por falta de medios mientras tengamos fuerzas para llegar.
Por favor, permitidme una nota especial en lo adelante.
Una bicicleta, dos titiriteros y una mochila llena de personajes
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Hay algo profundamente poético en esto. Mientras otros artistas llegan al teatro en grandes vehículos cargados de escenografía, nosotros podemos llegar en bicicleta con una mochila.
Pero vaya que es una MOCHILA, ¿sí? Cuando abrimos esa mochila... Salen Cundeamor, Pedro, el Búho… Se abren caminos. Aparecen mundos. Y entonces, comprendemos que el verdadero equipaje de un titiritero no pesa tanto.
Por la realidad poética de los sentidos y las emociones no se carga en los retablos y las utilerías.
El respeto por nuestro público
Para nosotros el público no es una cifra. No son "50 espectadores". No son "100 entradas vendidas". Son visitantes que aprecian las Artes; Niñas, Niños, Familias. Personas que han decidido gastar una parte de su tiempo en vernos.
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Un ejemplo vivo es esta función en la Galería de La Lisa, donde al parecer no hicieron promoción y solo fue una niña. Títeres del Alma le regaló ese espectáculo para ella solita. Luego, conversando en la salida, nos comentó que siempre hubiese querido una función de Títeres en su cumpleaños, por lo pasa siempre muy sola... "Es que yo cumplo el 1ro de enero y nunca viene nadie..." De esta manera, sin saberlo, Cundeamor también estuvo en el cumpleaños simbólico de una niña.
Al domingo siguiente vino con toda su familia a ver la presentación de "Mayito el de la mula". Esto es amor al Teatro.
Por eso, ese tiempo que el público gasta en nosotros, merece respeto. Esto nos impulsa. Así ensayamos, corregimos, escuchamos. Por eso intentamos mejorar cuanto podamos. Esa es la razón, no hay otra, por la que caminamos, pedaleamos…
Y volvemos.
Cada función es también un ensayo
Sip. Cada función es un ensayo de la siguiente Puesta en Escena. Por lo que nuestra obra de hoy no es exactamente la misma que la de ayer.
Cundeamor se ha afinado. Se ha limpiado. Ha ganado ritmo… Ha aprendido a respirar con el público. Hemos descubierto dónde detenernos. Dónde esperar…
El teatro vivo se transforma. Y eso es una de las cosas que más amamos de este oficio.
Cundeamor no es solo Teatro para niños
Aunque es una obra especialmente cercana al público infantil, nosotros disfrutamos muchísimo cuando los adultos también se dejan llevar. Porque una buena obra para niños no tiene por qué excluir a los mayores.
Los padres recuerdan, se divierten, interactúan y, muchas veces, son ellos quienes responden a las interrogantes de estos personajes. Así cada uno puede llevarse algo diferente.
Ese es uno de los grandes regalos del teatro familiar.
Una obra para reír, pensar y participar
A mi juicio, lo mejor de Cundeamor es que tiene humor, aventura, participación, música, misterios, y personajes entrañables. Y tiene, sobre todo, un pequeño protagonista que sale al camino dispuesto a aprender.
Es una combinación que nos sigue dando alegría cada vez que abrimos el retablo.
El público de Aldaba
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Cada función en Aldaba ha sido distinta. Hay públicos más silenciosos. Otros más participativos. Niños que responden inmediatamente; mientras alguna te dice No sé. Hay quienes observan todo con enorme atención.
También sucede algo curioso, los adultos terminan riendo más que los pequeños. Así, momentos inesperados se convierten en parte de la función.
Cuando una obra encuentra su público
Hay un momento en la vida de un espectáculo en que uno comienza a sentir que la obra ha encontrado su camino. No significa que esté terminada. El teatro nunca está completamente terminado.
Pero empieza a existir una comunicación. El actor sabe cuándo esperar. El titiritero reconoce una reacción. El personaje parece que respira dentro de su casa. El público en general entra en el juego. Y nosotros sentimos: sí, aquí está.
Eso nos ha ocurrido con Cundeamor durante esta temporada.
Una temporada teatral satisfactoria
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Cuando miramos hacia atrás y recordamos este 2026, entre algunos dolores, baches en el camino y vicisitudes…, vemos una temporada teatral fructífera. Esas funciones nos llenan de gratitud.
Gratitud por las funciones. Por los espacios que nos han recibido. Por el público. Por quienes han confiado en nosotros. Por quienes nos han dado ayudado con una crítica.
Cundeamor seguirá de camino
La temporada 2026 todavía forma parte de nuestra aventura titiritera.
Y mientras exista un lugar donde podamos presentar la obra, mientras haya público que quiera recibirla y mientras nuestras piernas puedan llevarnos hasta allí, Cundeamor seguirá camino.
Quizá llegue en bicicleta. Quizá llegue a pie. Quizá llegue en algún vehículo. Pero llegará. Porque Cundeamor es, en cierto modo, un viajero. Y los viajeros no fueron hechos para quedarse quietos.
El camino continúa
Cada vez que presentamos Cundeamor nos recuerda: el camino vale la pena. Cada función ha sido un pequeño viaje. El Teatro es nuestro destino.
Esta vez, las expreso desde lo personal porque deseo comenzar por agradecerle a Adalett por su trabajo, por soportarme, por seguir caminando después de tantos años.
Gracias, Teatro Aldaba, por recibirnos, por confiar en nuestro trabajo. Por las conversaciones… Y gracias especialmente por esa mirada crítica que nos obliga a seguir creciendo. Gracias, Irene.
Gracias a nuestro público. A cada niño que levantó la mano. A cada niña que respondió una adivinanza. A cada familia que vino al Teatro en momentos difíciles.
Gracias a cada maestro que nos recibió en círculos infantiles, escuelas. Gracias a las Casas de Cultura, a los gobiernos de las comunidades… A los amigos que la promovieron.
Gracias.
Sin ustedes, el Cundeamor no estaría vivo.
Y gracias, por qué no, gracias también a nuestros títeres bellos; que tanto jaleo soportan.
Hasta la próxima función
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Si algún día ven pasar una bicicleta cargada de títeres, quizás ya sepan quiénes somos. Si nos ven caminar por una calle con una mochila extraña, probablemente también. O si nos miran hablar solos, como idos del mundo…
O si escuchan que en algún lugar habrá una función de Cundeamor, recuerden que detrás de ese pequeño espectáculo hay dos personas que han decidido seguir creyendo en el teatro. Dos artistas que aman actuar para las familias.
Y que prefieren pedalear antes que dejar un escenario vacío.
Hasta la próxima función,
Adalett y Luciano.