Sombras sin sosiego
Tres días de viaje por carretera nos esperaba. La primera y segunda noche la pasamos en casa de familiares de algunos de mis compañeros, pero la tercera noche no teníamos dónde guarecernos. Así que al llegar al sitio, buscamos y solo encontramos que nos dieran alojamiento en la iglesia del pueblo. Aunque tres sintieron aprensión de dormir allí, no teníamos más remedio que aceptar la oferta del cura.
En cierto momento de la noche, sentí algunas voces opacas que venían como de las paredes, por lo que me enderecé en el petate que estaba en el suelo. Quieto, sentí cómo el piso frío crujía como si alguien caminara en círculos alrededor nuestro. Tuve miedo de llamar a los otros y aunque hubiese querido, no me salían las palabras, así que permanecí en silencio. En eso comenzaron a sonar las campanas como si con el sonido rompieran las paredes y cada muro estuviera agonizando. Ya iba a pararme cuando un gritó agónico me dejó tieso. Pero como el grito de un condenado, se fue extinguiendo melancólicamente mientras aparecía el sol.
A la mañana, el cura nos preguntó si habíamos escuchado algo extraño en la noche anterior, ya yo iba a relatar lo sucedido, cuando uno de mis compañeros dijo que no. El cura nos miró como incrédulo y dijo:
_Qué bueno que no hayan escuchado nada. Eso significa que sus almas están en paz. Los que escuchan ruidos infernales en las iglesias, es porque tienen el alma cargada de cosas negras.
Dijo esto y se fue. Nosotros continuamos nuestro viaje en silencio. Mientras caminaba, yo me preguntaba si mis amigos también habrían escuchado todo aquello o yo era el único que sentía que desde la anoche una sombra se arrastraba a mis pies.