'Say Nothing'; La historia real y poco romantizada de las consecuencias de ser idealista [ESP]

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Hay algo que me resulta profundamente incómodo de Say Nothing, de Patrick Radden Keefe, y no tiene demasiado que ver con Irlanda del Norte. Tiene que ver con una idea bastante más universal y, precisamente por eso, bastante más peligrosa: la facilidad con la que una persona puede convencerse de que está haciendo algo terrible por una razón suficientemente buena. La juventud suele conceder una seguridad que los años después se encargan de desmontar. A determinada edad, las ideas parecen definitivas, las causas parecen claras y los enemigos parecen perfectamente identificables. El problema comienza cuando esa certeza política adquiere una dimensión moral absoluta y deja de existir un límite que la causa no pueda cruzar. Say Nothing me interesa justamente por eso. No porque sea solamente una investigación extraordinaria sobre The Troubles, ni porque reconstruya con enorme precisión periodística algunos de los episodios más oscuros del conflicto norirlandés, sino porque muestra qué ocurre con las personas cuando la historia política termina y ellas tienen que continuar viviendo con aquello que hicieron.

Eso es lo que más me perturbó del libro. Detrás de las organizaciones, las consignas, las operaciones clandestinas, las cárceles y las disputas territoriales existen personas que alguna vez tuvieron veinte años y estuvieron convencidas de que estaban participando en algo capaz de cambiar el mundo. Algunas realmente creyeron que no tenían otra alternativa. Otras actuaron por lealtad, por pertenencia, por convicción o por obediencia. Y probablemente ahí reside una de las mayores trampas del idealismo político: convertir una realidad compleja, llena de intereses, contradicciones y relaciones de poder, en una cuestión elemental entre quienes tienen razón y quienes están equivocados. En la cúpula puede existir cálculo político, estrategia y negociación, mientras en las bases existe una convicción mucho más pura y, por eso mismo, potencialmente más peligrosa. Quien está convencido de que participa en una lucha histórica puede terminar aceptando cosas que, fuera de esa lucha, habría considerado moralmente inadmisibles. No necesita ser una persona particularmente cruel. Basta con que deje de considerar al otro como alguien cuya vida tiene el mismo valor que la propia causa.

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Y después viene lo que casi nunca aparece en las consignas: la vida después. Esa es, para mí, la parte más brutal de Say Nothing. La violencia política puede tener objetivos, discursos, justificaciones y estrategias, pero las consecuencias no desaparecen cuando cambia el contexto político. Jean McConville no dejó de existir porque alguien considerara necesario secuestrarla. Las familias no recuperaron a sus muertos porque una organización tuviera una determinada lectura histórica del conflicto. Y quienes participaron tampoco pudieron regresar intactos a la vida que tenían antes. Lo interesante es observar qué hicieron posteriormente con esa carga. Algunos asumieron una parte de lo ocurrido. Otros parecen haber intentado convivir con ello. Otros defendieron la causa y, con ella, determinadas acciones cometidas en su nombre. Hay algo casi elemental en esa división: arrepentirse, fingir que no ocurrió o justificarlo. Tres formas de relacionarse con el pasado que aparecen una y otra vez cuando las personas descubren que sus decisiones políticas también fueron decisiones humanas y que ninguna ideología puede asumir por ellas las consecuencias.

Tampoco me interesa utilizar esto para fabricar una falsa neutralidad moral. Explicar el contexto de The Troubles no significa borrar las responsabilidades. El IRA utilizó la violencia política y el terrorismo, y muchas de sus acciones tuvieron como víctimas a civiles. El hecho de que existieran reivindicaciones políticas, discriminación histórica, enfrentamientos comunitarios y una respuesta estatal controvertida no convierte automáticamente esas acciones en legítimas. Del mismo modo, reconocer la violencia republicana no obliga a ignorar los abusos cometidos por el Estado británico o por grupos paramilitares lealistas. Precisamente por eso me parece tan pobre la costumbre de convertir estos conflictos en una competencia de sufrimientos, como si demostrar que un grupo hizo algo peor absolviera al otro. No lo hace. Una respuesta estatal puede tener una responsabilidad distinta de la de una organización terrorista y, aun así, sus abusos deben ser examinados. Las categorías importan. Las responsabilidades también. Y ninguna de ellas debería desaparecer porque una persona siga considerando correcta la causa por la que actuó.

Quizá por eso terminé Say Nothing pensando menos en Irlanda del Norte y más en la relación entre convicción y responsabilidad. Las ideas políticas pueden ser necesarias, incluso indispensables, para transformar una sociedad. Lo que no pueden hacer es sustituir la conciencia individual. Me preocupa especialmente cualquier doctrina que consiga convencer a una persona de que su conducta deja de ser moralmente evaluable porque está al servicio de una causa superior. Ahí es donde el idealismo puede convertirse en fanatismo, y el fanatismo tiene una característica particularmente peligrosa: siempre encuentra una explicación para lo que acaba de hacer. La serie de FX me pareció extraordinaria, pero el libro me dejó algo que la ficción difícilmente puede reproducir con la misma profundidad: la incomodidad de observar a personas reales envejeciendo después de haber tomado decisiones irreversibles. Quizá esa sea la verdadera fuerza de Say Nothing. No intenta decirnos que dejemos de creer en causas políticas. Me parece algo mucho más incómodo: nos recuerda que ninguna causa, por justa que sus defensores crean que es, debería quedar exenta de la pregunta más sencilla y más difícil de todas: ¿qué estoy dispuesto a hacer en su nombre y qué tendría que pensar de mí mismo si, años después, descubro que estaba equivocado?

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