Hastío: Un sentimiento, con poca publicidad [ESP]

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Hay sentimientos que gozan de una reputación extraordinaria. La alegría se celebra, la tristeza se comprende, la rabia puede justificarse y hasta la nostalgia tiene cierta dignidad estética. El hastío, en cambio, parece condenado a no tener demasiada publicidad. Nadie suele hablar de él con demasiada seriedad. Se lo confunde con aburrimiento, con ingratitud, con falta de entusiasmo o con una especie de defecto personal que habría que corregir cuanto antes. A mí me interesa precisamente por lo contrario: porque no siempre quiere ser corregido. Hay momentos en los que uno no está triste, ni particularmente feliz, ni siquiera aburrido. Está harto. Harto de repetir, de esperar, de reaccionar ante las mismas cosas y de descubrir que muchas experiencias terminan pareciéndose entre sí, incluso cuando cambian de nombre.

El problema es que el hastío resulta difícil de defender porque no siempre tiene una causa suficientemente presentable. Uno puede estar frustrado sin tener una tragedia detrás, molesto sin haber sido ofendido y cansado sin haber hecho un esfuerzo extraordinario. También puede hastiarse de la repetición de lo cotidiano, de esa sensación de que los días cambian de fecha con mayor facilidad que de contenido. Y sí, incluso puede aparecer cuando las cosas salen bien. Hay una clase de cansancio que no nace del fracaso, sino de la insistencia. Tener que responder, cumplir, resolver, agradecer, continuar. La normalidad puede llegar a ser agotadora cuando se prolonga demasiado sin ofrecer ninguna interrupción real. Eso no convierte la estabilidad en algo malo. Simplemente significa que la estabilidad tampoco está exenta de desgaste.

Quizá por eso el hastío me parece más interesante que el aburrimiento. El aburrimiento pide algo que hacer; el hastío puede hacer que uno se pregunte para qué quiere hacerlo. Hay una diferencia importante entre no tener estímulos y haber perdido temporalmente el interés por los estímulos disponibles. En ese punto aparece una incomodidad más profunda, porque ya no basta con cambiar de actividad, comprar algo, salir, viajar, conversar o llenar el tiempo con otra distracción. A veces el problema no es la ausencia de entretenimiento, sino la sospecha de que demasiadas cosas terminan conduciendo al mismo lugar. No necesariamente es nihilismo, aunque puede acercarse a él. Es, más bien, una forma de escepticismo emocional: una resistencia a entusiasmarse por obligación cuando uno ya conoce demasiado bien el mecanismo.

En mi caso, además, sería absurdo imaginar el hastío desde una idea universal de comodidad. Hay lugares y circunstancias donde la vida cotidiana exige una capacidad permanente de adaptación, y eso modifica incluso aquello de lo que uno puede llegar a cansarse. No necesito comparar mi experiencia con la de alguien que vive en un país perfectamente ordenado para saber que el hastío existe en contextos muy distintos. Precisamente porque no depende de que todo esté resuelto, puede aparecer en medio de problemas, incertidumbres y responsabilidades. Puede convivir con la preocupación y con el esfuerzo. Puede incluso resultar contradictorio: estar intentando sostener una vida mientras una parte de uno se pregunta cuánto tiempo más puede soportar la repetición de determinadas escenas. Esa contradicción no me parece una anomalía. Me parece bastante humana.

Tal vez deberíamos hablar del hastío con menos vergüenza y también con menos dramatismo. No porque sea una condición especial ni porque toda apatía esconda una gran revelación, sino porque reconocerlo permite admitir algo bastante sencillo: no siempre estamos obligados a encontrar significado, entusiasmo o gratitud en todo lo que hacemos. Hay períodos en los que la vida simplemente pierde intensidad y uno lo nota. Después puede cambiar, o puede tardar. Lo importante es no convertir ese estado en una identidad ni fingir que no existe para mantener una apariencia de normalidad. El hastío tiene poca publicidad porque no vende demasiado: no promete transformación, no inspira frases bonitas y no produce una narrativa particularmente heroica. Quizá por eso me resulta honesto. Hay días en los que no quiero una nueva versión de mí mismo. Quiero dejar de sentir que tengo que estar interesado en todo. Y, por una vez, eso me parece suficiente.

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