Riqueza compartida
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Aunque la madre le daba dolor despertar tan de madrugada al niño, Andresito siempre le decía que no había problemas porque le gustaba jugar con el perro. Mientras ella limpiaba la casa, hacía comida, planchaba, Andresito se quedaba tranquilo en el jardín sin hacer travesuras ni lloriqueos. La madre le sonreía siempre al terminar el trabajo y le agradecía al cielo de tener un niño tan comprensivo y bueno.
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Aquel día, Andresito iba soñoliento cuando sus ojitos se posaron en un billete que estaba en la calle. Inmediatamente, pasó la mano suelta por la cara para ver mejor y efectivamente: el papel arrugado estaba entre las ranuras de las piedras. Gritó eufórico y se agachó, y con sus manitas temblorosas tomó el billete e inmediatamente se lo enseñó a su madre quien risueña le dijo que estaba de suerte y que podría comprar lo que él quisiera. Andresito, con cara de alegría, miró a su madre y ya sin sueño, le comenzó a decir:
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_Compraré un poquito de cielo, también un poquito de mar, aunque mejor me compro un jardín, decía el niño impetuoso, casi sin respirar. La madre sonreía al ver al niño radiante y vehemente, y lo dejaba decir: mejor me compro un barco, un avión para volar, mejor las nubes, un arcoíris… Y así iba diciendo lo que quería comprar. De repente, como si se hubiese acordado y con cara de seriedad, Andresito miró a su madre y le dijo: mamá, de todas las cosas que compre, te voy a dar la mitad.