Se sostiene gracias a los recuerdos, a ese cúmulo de cosas que ella ha dejado en su vida. A pesar de que se ha marchado, estratégicamente ella aparece a cada hora, con cada evento, en cualquier situación, y eso más que destruirlo, hace que él resista los embates de una cotidianidad que late despacio y que lo convierte en un lobo sediento de lunas.
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Cada tarde sale del trabajo y desanda los pasos que ha dado con ella. Llega a la plaza de siempre y se sienta en aquel banco, testigo de conversaciones, peleas, besos. Frágil y a la intemperie, es consciente de la mordedura que lleva en el alma, pero aún así se regodea en el tamaño de la ausencia, en el charco que poco a poco hacen sus lágrimas. "¿Dónde estará ahora, quién estará descubriendo su cuerpo, su alucinante llegada?", con tristeza pensaba.
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Llovizna afuera y en su interior. Sus ojos espejeantes se doblegan porque no soportan el peso y resbalan por sus mejillas aguacero y lágrimas. Llueve afuera y adentro, y un olor a tierra mojada le recuerda a ella: la primera vez que en mitad de la lluvia llegó a su casa, las tantas veces que el cuerpo de ella, madera sedienta, mojó su cama.
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Sin paraguas, el hombre se empapa y prefiere aquello antes que nada. Los que pasan por ahí sienten pena por él, tal vez lástima, porque ignoran que la lluvia es una prolongación del cuerpo de la amada. Por eso él se queda quieto mientras que por su cuerpo cae el agua, cae sobre su piel hambrienta, rendida y árida, y brota de sí, inexplicablemente, el inconfundible olor a tierra mojada.
HASTA UNA PRÓXIMA HISTORIA, AMIGOS
Petricor (Relato corto) | Ecency
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