=:O:=
Allí, frente a él, recordé mi niñez y la razón por la que había salido de la casa tan joven. Lo miré de arriba abajo y en la distancia lo recordé más alto, más fornido. Recordé a mi madre en un rincón, tendida en el piso; mi rostro entre las manos bañado de sudor y llanto; las piernas recogidas en posición fetal y sumisa; sus manos alrededor de mi cuello apretando hasta quitarme el aliento. Luego el insomnio de siempre, las latas de cervezas, el grito de los truenos.
=:O:=
Esa vez hui. Corrí para poner distancia. Kilómetros de tierra de por medio entre aquel hombre y yo. Por teléfono siempre escuchaba a mi madre cada vez más mermada, empequeñecida, apagada y presentía la sombra ruin detrás de aquel dolor, de aquella tristeza. No estaba yo preparada para enfrentarme al abominable, así que solo la acompañaba en el miedo.
=:O:=
Pero aquel día fue diferente. El sollozo al otro lado del teléfono fue desgarrador y certero. Corrí para volver, ahora para acortar distancia y allí la encontré, en el piso, como una hoja seca tirada en el agua. Y recordé la vez aquella en la que ella misma me hizo perderle el miedo a los perros: no le demuestres miedo, ellos pueden olerlo. Y por eso me puse en la puerta, a esperarlo. Cuando él me vio, encontró furia en mis ojos, así que se tambaleó, dio la vuelta murmurando algo y más nunca volvimos a verlo.