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Sacando las reservas de energías que toda mujer tiene, se levanta de la cama sin abrir los ojos y con un dolor fuerte en las sienes. Mira el piso, el techo, las paredes, entendiendo que ante esas adversidades debe ser fuerte. Se para sintiendo que el dolor, como un animal feroz, la muerde y viendo que las ganas de vivir, con la muerte de un ser querido, también se pierden. Un rompecabezas sin algunas piezas, así se siente. Al final, no es la muerte sino la vida sin el otro, lo que más duele.
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Toma el café, mira el celular, contesta los mensajes como todas las mañanas. Como autómata, se arregla, se maquilla, como si nada. Sale a la misma hora, puntual, de su morada. Camina rápido, urgente, hacia la parada. Se monta en el autobús, a veces se sienta o a veces queda parada, lo invariable es que siempre va con una tristeza infinita en su mirada.
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Y así cada día, aquella mujer camina por la vida como si caminara por una vereda angosta. Y aunque están llenos de agua sus ojos, de ellos no se derrama ni una gota. A simple vista, está completa, serena, hasta camina como una diosa, pero no. Esa mujer está herida, quebrada, pero aún así, vive, sobrevive, a pesar de estar rota.