Mal de amores
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Desde que llegó al centro nocturno, se sintió desubicada: había perdido la costumbre de ligar, coquetear, hablar con desconocidos. Sus amigas, como peces en el agua, bailaban, charlaban, se tomaban fotos con algunos tipos; en cambio ella, arrinconada, entre cervezas y tragos, sentía que caminaba cerca de un abismo. Alguien se le acercó y trató de hablarle, pero se alejó rápido por el mismo lugar por donde vino.
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Sentada en aquella mesa recordó el dolor que le trajo la separación, aunque era el desenlace esperado: se habían producido muchos desencuentros en los últimos meses. El sexo era una vez al mes, 2 caricias a la semana, un beso diario y en la frente. Ya tampoco se agarraban de la mano, ni se reían entre ellos. Por eso un día se sentaron y lo decidieron de mutuo acuerdo: que cada quien haga lo que quiere.
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Como a las 3 de la madrugada volvió a su casa y se tiró a la cama queriendo estar más ebria y así perder la pena y mandar el mensaje que desde hace días le da vueltas. Pero está sobria, dolida, un poco molesta: porque es ella la que extraña tanto, porque es su mundo el que se tambalea, porque el difunto está vivo y es ella la que para él está muerta.