Los sonidos del pasado
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Aquel día salió temprano al trabajo. No hubo nada particular en la oficina. Nada que pudiera darle indicio de lo que le esperaba, ni una señal, ni un pálpito. Nada. Estuvo haciendo las labores de rutina. Su esposa lo llamó como siempre a las 11 de la mañana para informarle el menú del día. Ni una palabra más, ni una menos. El cortó la llamada con el acostumbrado "nos vemos más tarde". El silencio como respuesta, al otro lado de la línea, también era normal.
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Llegó a casa e hizo lo acostumbrado: cenó, vio fútbol en la tele y luego se fue a dormir. Su mujer, como siempre, se quedó en la sala tejiendo, tal vez un abrigo, una cobija o unos escarpines para un niño que jamás tuvo. En mitad de la oscuridad, escuchó cómo una piedra golpeaba una ventana de la casa y la hacía añicos. Al principio le costó reaccionar y tontamente vio de un lado a otro de la habitación y no vio a su mujer. Salió de la cama y fue a ver. Efectivamente: miles de pedazos de vidrios en el suelo, afilados, diminutos; también una piedra en mitad de la sala. El sofá vacío, el tejido a medio terminar: su mujer ya no estaba.
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Luego de eso, el hombre fue a la policía a poner la denuncia. Recordó que los funcionarios manejaron desde el primer momento la hipótesis de abandono de hogar. Lo miraron con lástima y hasta con burla. Pero él la siguió buscando, hasta que un día se cansó. Cada noche, cuando escucha nuevamente la piedra romper la ventana, como resorte, salta de la cama y va a la sala. En la oscuridad busca la piedra, la ventana rota, la mujer tejiendo y no hay nada. No hay nada...