Las manos del abuelo
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Aquel acontecimiento fortuito pasó desapercibido para todos, menos para mí, que también me di cuenta que cuando íbamos a la panadería o al supermercado, me decía que hiciera la lista de las compras y que a partir de aquel momento, esa sería una de mis tareas. Era raro porque al comienzo el abuelo se había quejado de lo lento que yo escribía, pero por lo visto, de la noche a la mañana, ya no le importaba.
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Yo era un niño cuando pasó todo aquello, así que aunque me parecía extraño, no podía descifrar lo que había detrás de aquellos gestos. Como cuando en una oportunidad, pasamos media hora abriendo la puerta de entrada de la casa y luego él me dio la llave para que yo finalmente la abriera. Desde ese día, esa también fue otra de mis tareas cuando estaba con el abuelo: tomar las llaves para abrir las puertas.
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Una mañana de enero de 1981, el abuelo y yo desayunábamos mirando la televisión en el cuarto de él. Cuando mi madre entró y vio la cama del abuelo llena de migas, me regañó. Yo miré al abuelo, quien con su mirada me pidió que guardara silencio. Cuando mi madre se fue y sin que el abuelo se diera cuenta, vi cómo las manos del abuelo temblaban mientras se llevaba la comida a la boca, dejando las sábanas llenas de migas de pan y queso. Recuerdo que fue en enero de 1981 porque en ese mes escuché una palabra que nunca pude olvidar: Parkinson.