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Cerca de allí, unos hombres caminan de puerta en puerta predicando el terror de todas sus normas. Como un monstruo de cien cabezas y con sus ropones largos, se han extendido a predicar sobre la doliente humanidad preñada de miedos atroces. Ellas no pueden escapar de su vigilancia, son ellos ahora los que cuelgan la noche, hacen los mares, crean el silencio. No hay escapatoria.
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Es así que todas las mujeres sienten que las fieras rasgan el cielo que las cubre y quedan desamparadas de padre y señor. Todos los hombres son ciegos y mudos a las oscuras intenciones: son ellas una invisible voz en este oscuro agosto hecho pesadilla.
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Cuando los subversivos irrumpen en las casas, de los rostros petrificados envueltos en velos, salen gritos de horror y desesperanza. En mitad del caos, las mujeres abrazan sus rodillas vapuleadas y empiezan a orar para ver si logran ser oídas. En mitad del desierto, el cielo es estremecido por desgarradores lamentos y cae la lluvia: son las lágrimas de un dios que está herido, casi muerto.