Es la hora en la que los gatos maúllan por los callejones enseñando sus colmillos asesinos, cuando las ratas se esconden por entre las cañerías y el frío golpea a los indigentes apostados en las aceras. Aquella es la hora en la que el hombre aprovecha a salir para no toparse con nadie, para no dialogar con nadie, para no ser visto. Desde hace dos años es así.
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Todo comenzó desde aquella noche fatídica en la que él, embriagado de poder y vino, aceleró su Bugatti por todas las calles de la ciudad. La adrenalina inyectó sus ojos y lo encegueció, haciéndolo arrollar a una mujer que iba caminando por la acera. Sintió sonar los huesos de aquel cuerpo: crack crack; del cráneo: crack crack. Y sin pensarlo mucho, salió huyendo, dejando atrás el cuerpo tendido sobre el asfalto.
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Cuando pasó la primera frontera, se rió a carcajada: estaba a salvo. Y sin embargo, un extraño sentimiento lo hizo poner más distancia. Entonces pasó a otro país, luego a otro y a otro. Cuando estuvo lejos, se detuvo y sintió que podía seguir viviendo. Pero fue imposible, con cada piedra en la vía o cada rama, sentía el sonido de aquellos huesos hasta en el alma: crack crack.
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Desde ese día el hombre camina con el corazón acelerado, siente detrás de él unos pasos cercanos. Teme salir a la luz, permanece en su habitación, sudoroso, temblando. Presiente que lo persiguen, sabe que quieren atraparlo. Aunque cierre sus ojos y sus oídos, a cada hora y a cada instante aquellos huesos siguen sonando: crack crack, crack crack.