La muerte aguarda...
Ignacio Rangel se estaba muriendo, pero su memoria estaba intacta, lo que hacía que esa despedida fuera más dolorosa, ya que era consciente de que sus órganos colapsaban, deteriorándose con cada segundo. "Lo que viene después es el infarto, José, prepárate para eso". Le había dicho a su hijo hacía unos minutos. Su condición de médico oncólogo le hacía experto en los pasos que la muerte daba antes de tomar las almas. Conociendo los diagnósticos definitivos, sabía que su cáncer era uno de los peores de todos y que su cuerpo entraba en la última fase. Su hijo, también médico, observaba en silencio al hombre que había sido su inspiración no sólo a la hora de decidir una carrera universitaria, sino como un hombre de bien, de valores, de integridad, de responsabilidad.
Había pasado una semana desde que el propio Ignacio había pedido que lo llevaran a casa. Como médico, él mismo se había desahuciado: "No hay nada más que hacer. Es sólo cuestión de días. Mis últimos días". Su hijo se lo había llevado advirtiéndole que tal vez podrían ponerlo en Terapia Intensiva, pero Ignacio, tercamente, había negado esa solución. José sabía lo terco que era su padre, así que no lo contradijo e hizo todo lo posible para que la habitación de la casa tuviera las herramientas necesarias para un paciente en esas condiciones. Durante una semana habían colocado una sonda de suero, controlaban la tensión con un monitor e inyectaban ocasionalmente morfina para el dolor. José miró a su padre y pensó que siempre había sido un hombre de ciencia y fuerte, por lo que sus pensamientos racionales y objetivos eran parte de su esencia, su espíritu.
_Ya han venido a buscarme, José _le dijo de repente a su hijo. "Tu madre está aquí". José trató de silenciar a su padre, imaginando que estaba delirando. Le tomó el pulso y apenas sintió un hilo de sangre viajar por esas venas. Con la muerte, pensó, todo huye de nuestro cuerpo: la carne, los latidos, el color, la sangre. Ignacio Rangel repitió: "No sabía que vendría a buscarme, porque entonces me habría ido antes, José. Tu madre está aquí esperándome". José quería decirle a su padre que eso era imposible porque su madre había muerto hacía años, que él era un hombre de ciencia, pero prefirió callarse ante las últimas palabras del viejo.
_Déjame ir, José. Ya estoy cansado y quiero irme, dijo Ignacio Rangel haciendo un gran esfuerzo, como si fuera a exhalar la vida. Intentó seguir hablando, pero las palabras no salieron. Se ahogó, balbuceó, se le enredó la lengua. Su hijo le dijo que se callara y le apretó la mano, que estaba fría y débil. José sabía que había llegado el momento. Tantos libros, tantos títulos y no sabía qué hacer. Sentía que también tenía frío, que había algo que le dolía por dentro, que se rompía, que también moría. La muerte es la única que llega a tiempo a la cita, pensó y se estremeció.
Cuando Ignacio Rangel abrió los ojos por última vez, también sonrió y sólo dijo: "Viniste a buscarme". La ligera mano de Ignacio Rangel se deslizó de las manos de José. Sin ver el monitor ni comprobar su pulso, José supo inmediatamente que la muerte ya se había llevado a su padre. Miró su rostro descansado, sin expresión alguna y pensó que la muerte, tal vez, no era tan mala; que tal vez lo malo era la vida que nos golpeaba tan fuerte.