La melodía del titanic
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Ella, con su cuerpo agotado y sus pechos enflaquecidos no ha conocido la experiencia del niño en sus brazos. El hombre, como un centinela, la mira desde lejos con mirada acusadora, mientras la araña construye entre ellos una obra abismal en mitad del desierto. En la casa, los gatos en celo, se deleitan entre maullidos, que son como trompetas que llegan al cielo y que los hace a ellos, inexplicablemente, más sordos a la tibia y natural melodía de los cuerpos.
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La mujer, frente al hombre come, se baña, toma el café en silencio. El hombre, con una capa de tristeza en la espalda que viene de la ausencia de los días transitados, se vacía en suspiros como si estuviera agotado. Pero no dice, no habla, no pronuncia ni una palabra, conoce la fragilidad de algunas almas. Se calla, aunque siente que el silencio, de manera diaria, es una soga que le roza el cuello.
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Es así, bajo esa rutina, que cada noche vuelven a la cama. Y el hombre escucha a la mujer llorar con la cabeza hundida entre las almohadas y él se hace pequeño, ínfimo, nada. Y quiere preguntarle a la mujer, por qué lloras, qué te pasa. Pero sabe la respuesta y es por eso que se calla. Entonces mira el lecho nupcial, naufragante, y ve que toda la relación se hunde, como el titanic en el agua.