La madre llega de la calle. Abre la puerta, aquella que separa la casa del resto del mundo como si fuera un muro. Cierra inmediatamente y entra en silencio. Es una casa vieja, de paredes descuidadas, penosos colores y olores rancios: allí la oscuridad se aloja a toda hora renunciando a la luz del sol que jamás entra por las ventanas.
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Sus huesos le duelen por eso camina con una mano en la cadera y otra en el muslo. Deja sobre la mesa lo que trae en una bolsa de tela. Busca entre las compras un pedazo de pan. Con él en la mano camina hacia otro lado de la casa y llama en voz alta esperando respuesta: Jira, Jira, Jira, llegó mamá. De una de las habitaciones cerradas, alguien emite sonidos desesperados. La penumbra entonces se hace exagerada y desproporcionada con los gritos.
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La anciana abre la puerta de la habitación, que tiene doble llave. Un vaho repugnante aprovecha a salir por la puerta. Adentro los objetos están deformados, rotos, sucios, producto de una reclusión forzada en el tiempo. En una esquina, hay algo que se mueve: es una chica que ríe y aplaude cuando ve entrar a la otra mujer con el pan en las manos. La anciana se acerca y se lo da, también le da una caricia en los cabellos sucios.
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Lentos pasos da hacia la puerta y después cierra nuevamente. Acostumbrada a la oscuridad, va a hacia otro lado de la casa. Se sienta sobre una cama y su pecho anciano, de mustios pulmones, suena como una caja vacía: respira con dificultad. "No puedo morir", piensa la anciana que siente sus huesos convertidos en fósiles. "No puedo morir", se repite, mientras toca la llave de la habitación donde tiene guardada a su hija.