La digestión del miedo
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La puerta había permanecido cerrada desde que ocurrió lo que ocurrió. Tampoco habían encendido las luces. En pocos días se habían acostumbrado a hacer todo en penumbras, a tientas, descifrando. Con el rostro y con señas, tal vez con un pequeño murmullo, se comunicaban. La comunicación perfecta la tenían padre y madre, quienes con solo mirarse se entendían. Solo bastaba una mirada para que ella o él hiciera lo que los ojos decían en silencio. A veces podían estar en la sala callados y el simplemente chirrido de un carro afuera los ponía en alerta, tensos.
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El padre y el hijo mayor salieron un día por alimentos. Dijeron que toda la ciudad estaba sola y que había militares por todos lados. Ellos lograron pasar desapercibidos, por lo visto nadie los vio cuando salieron ni cuando entraron. De afuera también trajeron los rumores, tal vez era lo más pesado y caro que traían. Cuando el padre dijo que los planes habían fallado, todos bajaron la cara. Luego los puso en aviso: no pueden abrirle la puerta a nadie.
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Aquella noche, mientras cenaban, sereno como un barco en reposo, el padre estaba en la cabecera de la mesa. Los arroces eran pesados y las cucharas débiles herramientas para llevarlos a la boca. En eso se escuchó un carro detenerse, luego muchos pasos y al final tocaron a la puerta. El ácido provocado por el pánico revolvieron los estómagos. Se volvieron a escuchar, ahora más fuerte, los golpes en la entrada, de manera insistente. Los demacrados rostros jóvenes buscaron los ojos del padre, quien alzó la cabeza y con los ojos los convidó a seguir cenando. Continuaron comiendo, pero el vacío en los estómagos, ya sin hambre, los hacía presagiar el frío cercano de la muerte.