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Cada día, ella se miraba menos en el espejo, recogía más su cabello y pintaba menos su boca. Con los días, se entusiasmó menos por la sintaxis perfecta de los cuerpos desnudos. No hubo afán de citar sus bocas para encuentros húmedos ni hallar sus manos para crear sudores ajenos. Cada día ella fue más fantasma, menos visible en la casa.
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Fue por eso que un día, cuando ella, asfixiada, masticando sus tripas, sin lágrimas que menguara el momento de tanta desidia, le dijo, allí, con la luz apagada, en el lecho matrimonial, de manera precisa: "Me voy mañana". El, le contestó luego de un largo silencio y sin mucha prisa: "Tú no te vas mañana. Tú te fuiste hace ya mucho tiempo. Lo que sigue aquí es tu cuerpo, pero lejos de aquí está tu vida".